Sobrevivió a los campos de concentración nazis, creó algunos de los juguetes más populares del siglo XX, hizo posibles los transformers. Y, además, revolucionó el mundo del póker. La increíble historia de un hombre genial que siempre apostó fuerte. Por Judy Clarke / Fotos: Shaminder Dulai y Getty Images

“¡Todos los judíos que sean científicos, ingenieros, inventores, químicos y matemáticos tienen que registrarse de inmediato!”. La voz amplificada resonó en el campo de concentración de Budzyn, en Polonia. Corría enero de 1944.

Henry Orenstein estaba de pie ante su barracón, tiritando. Acababa de pasar por la enésima humillación. Los guardias de las SS habían obligado a 400 presos desnudos y mojados a salir corriendo a la nieve para después golpearlos mientras volvían al interior, uno a uno, a través de un ventanuco.

Dijo que era científico para sobrevivir en el campo de concentración, pero no había ido a la universidad. Le pudo costar la vida, pero lo salvó

Orenstein, que entonces tenía 20 años, no sabía qué implicaba aquella llamada a los judíos con educación superior del campo. Quizá quisieran experimentar con ellos. Pero era consciente de que él y sus hermanos encerrados allí, dos chicos y una chica (su otro hermano estaba en otro campo), no podrían durar mucho más, así que, cuando volvió a oír el aviso, decidió apostar por ello, en la confianza de que a los ‘intelectuales’ los tratarían mejor o al menos les darían alimento. Se dirigió a la administración del campo y declaró que él y sus hermanos eran todos científicos y matemáticos. Los otros tres se quedaron horrorizados. Fred era médico, pero Sam era abogado y él mismo y Hanka ni siquiera habían llegado a ir a la universidad. Los nazis los matarían cuando descubrieran la mentira. Pero resultó que ellos no eran los únicos que mentían…

henry orenstein, judío, nazis, inventor transformer (1)

Orenstein, segundo por la izquierda, en su Polonia natal antes de la ocupación nazi. Era un estudiante brillante de una familia acomodada. Asesinaron a sus padres y dos hermanos

Aquel ‘grupo especial’ de judíos en realidad no haría nada que realmente requiriese conocimiento científico. Era un fraude… de los propios alemanes, unos profesores que, fingiendo trabajar en una nueva arma, lo único que buscaban era evitar ser llamados a filas. No querían ir al frente ruso. Así que Orenstein, sus hermanos y varias decenas de presos más se dedicaron durante año y medio a tareas absurdas, como hacer cientos de multiplicaciones y divisiones sin sentido alguno. Pero aquello les salvó la vida a tres de ellos: Henry, Sam y Fred. Su otro hermano, Félix, fue trasladado a otro campo y asesinado pocos días antes de la liberación. Su hermana, Hanka, murió en una de las ‘marchas de la muerte’ en Prusia, cuando los presos, al final de la guerra, eran trasladados sin destino claro y morían en el camino, de hambre, enfermedad o a balazos.

Un largo trayecto

Henry Orenstein tiene hoy 93 años y alberga, tres días por semana, una timba de póker, su gran afición, en su piso de uno de los barrios más exclusivos de Manhattan.

henry orenstein, judío, nazis, inventor transformer (1)

Está casado con Carolyn Sue, 20 años más joven que él. Es su segunda esposa y llevan casados 37 años. Henry tiene dos hijos de su primer matrimonio

Orenstein contó su tremenda experiencia durante la guerra en una autobiografía publicada hace seis años, pero la historia de cómo llegó de un pueblo de Polonia, tras pasar por cinco campos de concentración, hasta este apartamento es ‘un novelón’ todavía por escribir, pero que ha contado ahora a la revista Newsweek. Orenstein sobrevivió al Holocausto, revolucionó pocos años después la industria del juguete y, cuando ya le tocaba jubilarse, transformó el mundo del póker de arriba abajo.

Lo que el viento se llevó

Henry Orenstein nació en 1923 en Hrubieszów (Polonia). Su padre era un exitoso hombre de negocios y la familia tenía una cómoda posición, pero cuando el Ejército alemán invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, los varones Orenstein tuvieron que refugiarse en la parte del país bajo control ruso. La madre y la hermana se quedaron en casa, pensando que los alemanes solo irían a por los hombres, lo que ocurrió durante un tiempo. Pasaron los siguientes dos años en la Polonia soviética, donde Henry estudió ruso, aprendió a jugar al ajedrez y se graduó de secundaria con las mejores notas de su clase. Pero en junio de 1941 Alemania invadió Rusia, y los Orenstein ya tuvieron que huir de nuevo. Volvieron a su pueblo en octubre de 1942, para reunirse con las mujeres, pero la Gestapo llegó también allí. Los Orenstein tuvieron que esconderse tras las paredes falsas de la casa de unos vecinos, pertrechados con algo de agua y alimentos.

Durante una semana, mientras permanecía oculto, Henry oía cómo las partidas de búsqueda se llevaban a rastras a todo judío que encontraban. Cuando no estaba aterrorizado, leía lo único que tenía a mano, un ejemplar de Lo que el viento se llevó al que le faltaban las últimas 20 páginas. Y hoy bromea sobre la rabia que le dio entonces no saber cómo acababa la historia. Cuando se les acabó el agua, los Orenstein se entregaron. Henry y sus hermanos fueron a parar a un campo de trabajo. A sus padres los ejecutaron allí mismo.

El negocio de las muñecas

Tras la guerra, los tres hermanos supervivientes -Henry, Fred y Sam- viajaron a Estados Unidos. Henry hizo todo tipo de trabajos, como los demás, pero pronto creó su propio negocio. Pensó que sería una buena idea fabricar muñecas similares a las que se vendían en los grandes almacenes, pero mucho más baratas y venderlas directamente en las tiendas de ultramarinos.

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Orenstein comenzó haciendo muñecas asequibles en la penuria de posguerra. Sus coches de carreras Johnny Lightning compitieron con los de Hot Wheels; sus muñecas, con Barbie…

La clave, pensaba, era presentarlas en bonitos envoltorios. Orenstein encargó unas pocas muñecas a un fabricante con un dinero que le prestó un tío y diseñó una vistosa caja. Hizo una prueba en un pequeño colmado de Pensilvania. En pocos días vendió 20. Ya había creado un negocio. Fue una de sus muñecas, Betty, la novia guapa, creada en 1958, la que lo hizo millonario. Y la base de su empresa, Topper Toys, que en su momento álgido empleaba a 5000 personas.

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Pero no fue su única idea brillante. De hecho, hoy tiene casi un centenar de patentes a su nombre. Ideas geniales que se le ocurrían en cualquier sitio. Cuenta a Newsweek que en una aburrida visita de compromiso se le ocurrió uno de sus principales éxitos. Sentado en un sofá, se fijó en un imán sobre una mesita de cristal. Empezó a moverlo por debajo y una pieza de metal que había encima lo seguía. «Pensé: ‘¡Qué estupenda idea para un juguete!’». Y así nacieron las muñecas con ojos que parpadean.

La transformación

En 1972, sin embargo, la empresa de Henry quebró por una mala gestión financiera. Con todo, él siguió en el negocio vendiendo ideas a grandes compañías jugueteras. A principios de los ochenta, en una feria del juguete en Nueva York, reparó en un cochecito arrinconado. Abrió sus puertas delanteras, dio un empujoncito al asiento trasero y, ¡bum!, el coche se transformó en un avión. «¡Es la mejor idea que he visto en muchos años!», se dijo. Y decidió que aquella idea tenía mucho más potencial. Solo tenía que encontrar la asociación adecuada para producir juguetes que se ‘transformasen’. Orenstein medió entre la pequeña Takara japonesa y la gran Hasbro americana.

Revolucionó el póker al inventar una mesa con cámaras incrustadas que permitían a los televidentes ver las cartas ocultas

Convenció a ambos presidentes de combinar la inventiva japonesa con la mercadotecnia americana y, trabajando con ambas empresas, crearon los Transformers en 1984. Desde entonces, estos robots se han convertido en una de las marcas de juguetes de acción más vendidos en la historia, cuya expansión abarca todos los sectores de la cultura popular, desde los tebeos hasta una supertaquillera franquicia cinematográfica. En Hasbro afirman que la marca Transformers les ha reportado más de 10.000 millones en beneficios desde 2004.

Las cartas bocarriba

Henry, devoto del ajedrez, decidió cumplidos los 60 años aficionarse a un nuevo juego: el póker. Por entonces era muy rico, así pudo permitirse pagar sus «lecciones» en algunas de las mejores salas de juego del país. A principios de los noventa, el póker aún tenía mala fama y la única retransmisión televisiva del juego era anual y muy aburrida. ¿Qué aliciente tenía contemplar a unos jugadores de póker si no podías ver sus naipes?

Orenstein tenía la solución: una mesa de póker equipada con cámaras para los naipes tapados, los que están bocabajo y solo puede ver el propio jugador. Patentó esta mesa especial en 1995. Pero los jugadores de póker no querían que se viesen sus secretos y estrategias y a los directivos de la televisión no les interesó, así que Orenstein decidió esperar y aprovechó, mientras tanto, para convertirse en uno de los mejores jugadores de póker en Estados Unidos.

Empezó fabricando muñecas baratas y acabó siendo el artífice de los transformers, uno de los juguetes más vendidos de la historia

En 2002 pensó que había llegado el momento de volver a apostar. Telefoneó a Jon Miller, director del canal NBC Sports, y logró convencerlo de que usara su mesa para retransmitir en directo un torneo con apuestas muy altas y los mejores jugadores. Entre los dos lanzaron Poker Superstars y High Stakes Poker. El póker se convirtió en la nueva sensación en televisión y en Internet. «¡El póker ahora es un negocio que mueve miles de millones gracias a Orenstein!», admite Miller.

Henry es un gran donante. Ha dado una enorme cantidad de dinero a distintas causas

Henry, a sus 93 años, reconoce que lo único que le interesa ahora es jugar al póker, lo que aún puede hacer durante 12 horas seguidas. Participa en grandes torneos y, aunque ya le resulta difícil ganar (apenas ve y le tienen que ‘cantar’ las cartas), suele acabar entre los diez primeros. El público, cuenta su mujer, siempre está de su parte.