Cuántos cabemos en este mundo

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

La mayor sensación de impotencia le invade a una persona cuando no se siente capaz de consolar a un ser querido. No alcanzas a tender la mano y servirle de reafirmación porque te faltan palabras, gestos, eres la pura torpeza, te invade ese pudor de no querer intervenir por prudencia o la convicción de que eres incapaz de ayudar a otro porque ni siquiera sirves para ayudarte a ti mismo cuando lo necesitas. Ignoras que lo que uno no alcanza para sí mismo podrías significarlo para otro. Una de las frases más interesantes de Pascal es aquella que dice que uno nunca se entristece del todo por la desgracia de un amigo. Durante años ha sido interpretada como el colmo del individualismo y la competencia entre personas. Ni siquiera por el amigo sientes la empatía absoluta de compartir su destino y secretamente disfrutas cuando le va mal. Sin embargo, yo siempre la he entendido, quizá erróneamente, como lo contrario. La desgracia de un amigo no te entristece del todo porque activa tu valor de amigo, te va a permitir servirle con nobleza, ofrecerle tu consuelo, darle algo que él no tiene. Es decir, la suprema fortaleza de la amistad.

Todos tenemos amigos incómodos, de esos a los que te toca defender. Son personas queridas y admiradas, con éxito profesional, pero que en ocasiones provocan la ira de los otros. De tanto en tanto, su radical disposición a decir lo que piensan contra intereses generales les acarrea una cascada de acusaciones, descalificaciones e insultos. Expresados en público, estos ataques convocan además a la afiliación, y toda excusa bélica e incendiada es buena para purgar a quien te molesta o te importuna. Nunca he sabido consolar a mis amigos cuando se sienten tan amenazados y tan rodeados de inquina. Pero cada vez que los veo adoptar la posición de retirada, de esconderse, de bajar la cabeza, de desaparecer, ahí es entonces cuando salgo tras ellos y les impido la huida. Como tratas de convencerlos para que se queden un rato más en la reunión o en la fiesta mientras ellos pugnan por irse a casa, así también en la riña pública, les insistes en que la invisibilidad no es la solución.

Todos hemos tenido la tentación de desaparecer cuando nos hemos expuesto demasiado. La organización comercial del mundo obliga a dar la cara, defender tu posición, tu tienda, tu producción, a brazo partido. Uno se somete a los rigores de darse para recibir, pero el deseo oculto, salvo en los necios, es siempre el de regresar a casa y que nadie sepa de ti, ni te conozca. Crees así evitar esa terrible sensación de estar en el punto de mira, de ser el objetivo sobre el que disparar. Por puro egoísmo, siempre repito la frase que un entrenador le dijo a un amigo que quería dedicarse a ese oficio: hazlo, adelante, aunque solo sea para que se repartan los disparos contra nosotros. Nunca hemos acabado de entender demasiado bien que la inquina y el odio que se vierten sobre otro no nos deben servir de alivio cobarde, algún día podría girarse en tu dirección y rogarías entonces que los demás se comportaran de manera distinta a como hiciste tú.

A mi amigo, cuando lo acosan y lo difaman, me gustaría ser capaz de decirle, no te dejes caer, no te recluyas, tu batalla es la batalla de todos. Incluso de quienes te atacan, que si son tan beligerantes y malvados contra el de enfrente, que hoy eres tú, es porque buscan la solidaridad y el apoyo imprescindibles cuando entiendes la vida pública como una refriega de eliminación. La pregunta es cuántos cabemos en el mundo. Por el empeño desmesurado en convencernos de que esto es una guerra de unos contra otros, en repetirnos que elijamos bando, uno pensaría que aquí no hay sitio para todos. Las opciones políticas, deportivas, culturales, religiosas, vecinales cada vez explotan con más descaro esas dicotomías, esa imposibilidad de convivir, de pertenecer a algo más grande y acogedor que nuestra filia. Pero sí cabemos, cabemos todo. Si no, tendríamos un problema más serio, dramáticamente perverso y cercano al exterminio, tanto para unos como para los otros.