Toddy, recuperado

ARENAS MOVEDIZAS

Aquel bote mostraba en su etiqueta a un par de chiquillos con gorro de cocinero, quiero recordar. Sé que lo vendían en el colmado de la esquina de casa y que acompañaba mis amaneceres y algún que otro momento más a lo largo del día. Al igual que hice luego con Nesquik o Cola Cao, siempre lo tomé mezclado con leche condensada y agua. Su nombre era Toddy. Estuvo presente unos años. Y luego desapareció. Los otros dos ocuparon su lugar, pero ello no quiere decir que consiguieran que olvidara aquel sabor a chocolate y vainilla que se me clavó en alguna parte del cerebro, como a tantos niños de mi tiempo, y que me ha acompañado hasta el presente. Yo, cuando me acordaba, preguntaba a los tenderos por él, pero todos me aseguraban no saber nada: sencillamente desapareció.

Pasaron los años, muchos años, y ocurrió lo que ya escribí aquí mismo. Un paseo por Venezuela junto con Pepe Oneto, Antonio Jiménez, Alfonso Rojo, Román Cendoya y otros elementos peligrosos más de la mano del gran Jacinto Hombravella acabó llevándonos a Canaima, sus cataratas y su selva. En esa selva había un pequeño campamento y en ese campamento, una cocina con un lugareño al frente al que hube de relevar casi por la fuerza con tal de que los intrépidos aventureros sobreviviéramos. Tomé la badila y el mandil y me dispuse a abrir armarios: cuando lo hice con las puertas del principal, se abalanzó sobre mí una leja entera repleta de envases de Toddy. Media vida buscando en los estantes de los supermercados en España y de repente encuentro mi cacao favorito en medio de la espesura venezolana. Manda huevos. Ni que decir tiene que afané el que pude y volví por la selva cargado de Toddys como si fuera un sherpa.

Toddy fue un invento estadounidense, pero donde realmente se hizo fuerte e importante fue en la vigorosa Venezuela de antaño. Tanto que, al poco, fue incorporado al gran catálogo de productos de una de las empresas más importantes del país, que supone un buen aporte al PIB total y que sobrevive como puede al chavismo. Empresas Polar. Empezaron creando la cerveza Polar y lo que fue en inicio una empresa familiar devino finalmente en un gran conjunto empresarial en un país en el que se podía progresar y crear fortuna. Hoy en día Empresas Polar, socio de Pepsicola y de la gran empresa española que fundara el inolvidable Tomás Pascual, entre otros, sortea como puede las acusaciones que Maduro y toda esa chusma vuelca sobre los empresarios y emprendedores. Salen adelante y me parece un milagro.

La historia se repitió. En una calle del barrio de Salamanca de Madrid, alguien ha abierto una tienda de productos venezolanos. Pregunté por Toddy, como llevo haciendo media vida. No tenían. Pero sí tenían información: pásese por el mercado de Maravillas. Maravillas es una plaza de abastos popular y accesible donde compran los moradores del barrio de Tetuán, una auténtica mezcla de nacionales. A la vuelta del último recodo, un puesto de viandas de procedencia de ultramar (de ahí aquello tan hermoso que rezaba en el colmado de siempre: ‘Ultramarinos’), un estante del fondo acogía el producto buscado. Me hice con él y aseguré una línea de aprovisionamiento para los próximos meses que me ocupan. La dependienta me comentó que no llegaba de Venezuela, sino de Colombia, uno de los lugares a los que Polar exporta no poca cantidad. Venezuela, pobre mía, ya no está ni para eso.

Al llegar a casa, debía decidir si esperar a la hora apropiada para un cacao con leche o pasar de todo y beberlo como un aperitivo a la repugnante sopa quemagrasas con la que me he estado martirizando una semana para perder los kilos que me impedían abotonarme holgadamente cualquier chaqueta. Obviamente, no pude esperar. Aquel sabor hechicero me hizo volver al cuerpo del niño de pocos años, pantalón corto y ojos saltones que lo devoraba en un piso de la calle Pérez Galdós de Barcelona. Era el mismo. Han pasado algo menos de cincuenta años y Toddy sigue siendo el mismo. Gracias, Empresa Polar. Viva Venezuela.