Romper el tiempo

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Llego a Calanda el Jueves Santo, cuando la ciudad se está preparando para las jornadas que vendrán: esta noche la procesión de penitentes hacia el Calvario, mañana la ceremonia de la rompida de la hora, cuando miles de personas, cofrades o no, tocarán durante horas tambores y bombos, grandes y pequeños. Recuerdo estas calles vagamente: con doce años, vine de niña con mis padres y mi cámara de super-8 y filmé estos tambores un Viernes Santo y tambien filmé la entonces flamante placa que recordaba que Luis Buñuel nació aquí. Recuerdo la vibración en el pecho del retumbe de tambores, recuerdo la emoción en la gente, recuerdo las manos ensangrentadas de algunos y la piel tirante de algunos tambores también manchada: hoy eso se considera más ‘postureo’ que otra cosa y la gente pasa meses aprendiendo a tocar hábilmente el instrumento con los diferentes ritmos y tonos que cada acto de la semana pide. Las cosas desde entonces han cambiado para bien en Calanda; se nota en las calles, en las tiendas, en las casas, en la gente que abraza amigablemente a los forasteros que llenan estos días el pueblo, atraídos por los melocotones, las rosquillas, el aceite, el queso, los tambores y Luis Buñuel, cuyo busto preside un fascinante museo que despertará la curiosidad de los que no conozcan su obra y revivirá el interés de los que ya la conocen. Amanece soleado este Viernes Santo y me dirijo, esta vez sola con mi madre, a la plaza del Ayuntamiento. Hombres, mujeres y niños de todas las edades vestidos con la túnica morada llenan a rebosar las calles; hay un ambiente festivo, alegre, rotundo y solemne en el aire. Ya en el Ayuntamiento, me entregan una maza de madera con mi nombre. Me sorprende el peso y me pregunto si haré bien la misión que hoy se me ha encomendado: «Romper la hora», esto es, dar el primer golpe de tambor que dará lugar al toque al unísono de los miles de tambores que lo esperan. El diligente alcalde de Calanda, un hombre que no descansa en ningún momento de esta semana (y me temo que tampoco el resto del tiempo), José Ramón, me explica otra vez que, cuando él baje la vara, yo tengo que agarrar la maza con fuerza y darle al tambor. Pero entonces me lo señala y sólo veo un objeto gigantesco que hace cinco como yo. Desde el balcón del Ayuntamiento, se ve que en la plaza ya no cabe un alfiler. Sacan el tambor gigante a la plaza y me señalan que lo han puesto debajo del balcón de la casa de Buñuel, que él, en los últimos años, veía la rompida desde allí y que en su último año, cuando no quería homenajes, salió al balcón, todo el pueblo tocó, mirándole, sin decir nada: probablemente el mejor homenaje con el que podía soñar. Todo el mundo me pregunta si estoy nerviosa y, aunque digo que no, lo cierto es que lo estoy. El alcalde y los encargados de la ceremonia me dicen que ha llegado la hora. Salimos fuera y se hace un corredor entre la gente. Poco a poco, a medida que nos acercamos, un silencio estremecedor se apodera de la plaza. Miro a la derecha y, por encima del enorme tambor que me hace sentir muy pequeña, veo el balcón de Buñuel y pienso en la niña de doce años que soñaba con hacer películas. Sigo siendo pequeña, sigo queriendo hacer películas, pero ahora tengo una maza en la mano y, cuando el alcalde baje la vara, tocaré con todas mis fuerzas para que todos toquen conmigo y juntos rompamos la hora, el aire, el tiempo: por la vida, por la muerte, por Buñuel, por todos nosotros. Allá vamos.