Los pokémons y un amigo

ARENAS MOVEDIZAS

Tengo un buen amigo, muy cercano a mí, ejecutivo aseado, frisando los sesenta años, de buena planta y mejor labia, con economía saneada y generoso compás para compartir los mejores vinos y mostrarte las mejores mesas… que está enganchado al juego de Pokémon Go. Tal invento, que reconozco entretiene en los viajes en taxi en los que no hay que hablar por teléfono y al que dediqué algunas semanas hasta que me harté, es un juego en el que hay que capturar unos muñecos de diverso tipo repartidos por las calles mediante el lanzamiento con un dedo de una suerte de bola que los envuelve y almacena. Luego esos pokémons pueden evolucionar a animales más fuertes y ser nuestros combatientes en ‘gimnasios’ en los que enfrentarse a otro de un jugador rival. El GPS que sale en pantalla nos indica dónde se encuentran esos gimnasios, que aparecen en el mapa por el que vamos circulando como si fuera el pirulí del RTVE de la M-30 de Madrid. Uno va acumulando puntos a medida que captura bichos y va subiendo de nivel, dándose el caso de que cada salto supone un aumento exponencial de los requisitos: de uno a dos pasas con mil px y de 26 a 27, con doscientos mil. Hay que coger mucho Pokémon para llegar ahí. No digamos para llegar al nivel 40, que parece ser el máximo: para llegar ahí desde el 39 hay que conseguir ¡cinco millones de puntos!

Total, mi buen amigo, persona de orden y entregada a su trabajo como nadie, ha hecho cosas para capturar pokémons que no las hacía para capturar ligues cuando salíamos de jovencitos -y no tan jovencitos- en aquellas noches en las que las muchachas aún nos miraban. La última, por ejemplo, pretender bajar de un AVE en Ciudad Real porque en el andén le salía un muñeco de los que parecen ser difíciles de encontrar. Intentó cazarlo desde dentro, pero no sé qué problema tenía. Ha ralentizado taxis para aprovechar diversas Pokeparadas, que es donde se consiguen las bolas de munición con las que llevarse los bichos. Ha mantenido reuniones de trabajo tedioso con el teléfono bajo la mesa por si aparecía algo. Vive cerca de su trabajo y prefiere salir un poco antes para ir caminando y aprovechar el trayecto. conoce perfectamente en qué rincón le espera cada cosa. Al parecer, si capturas pokémons y obtienes pokeballs en las paradas siete días seguidos, consigues premios sustanciosos tanto en material de captura como en puntos totales. no es la primera vez que, según cuenta, ha tenido que bajar a la calle un domingo a la búsqueda de caza antes de acabar el día para completar la semana y llevarse no sé cuántos px. Y lo bueno es que te llama para contártelo. Y no digamos cuando consigue alguno de los más pretendidos, ¡parece un niño chico con un regalo de Reyes!

En fin, que tras no poca dedicación ha superado el nivel 30, al que llegar parece complicadísimo, pero la espera para alcanzar el soñado 40 se le hace eterna, con lo que ha conseguido un BOT que le ayuda en las capturas cuando él no puede. Un BOT es un robot, una suerte de aplicación: lo instalas y hace el trabajo por ti, pero, ojo, puedes ser banneado por la empresa, que lógicamente no quiere juego sucio. Banneado es ‘expulsado del juego’, y te comes todo lo que habías conseguido. ¡Menudo drama se produciría si eso le ocurriese! Ha consultado algunos foros y en ellos advierten que tal cosa te puede pasar según qué ayuda uses. Él, un hombre formal y razonablemente serio al machadiano entender, recibiría este golpe con mucho más disgusto que si lo expulsaran del círculo de labradores del que es socio o de la hermandad con la que procesiona y en la que es capaz de salir de nazareno con el iPhone debajo del antifaz.

Escribo esto porque noto la angustia en su rostro y no atiende debidamente las llamadas de los amigos. Sus hijos le han dado por imposible, y nosotros, los compañeros de correrías, tratamos de animarle diciendo que de todo se sale si se tiene voluntad y valor. Pero por ahora está sirviendo de poco. Esperemos que no haya que llamar a Proyecto Hombre, pero la cosa no pinta bien.

Coño, mira, un Picachu.