Las terrazas

REINOS DE HUMO

Es mayo, cuando las chancletas y las terrazas terminan de conquistar la tierra, cuando el año aún viene cargado de futuro, como si jugara en semifinales. El territorio gastronómico español, literalmente hablando, es hoy más vasto que nunca. Cientos de hectáreas ganadas a las aceras desde que se aprobara la ley del tabaco, espacio público exonerado al peatón, puesto al servicio de la caña, el tinto y la tapa con la excusa del pitillo. Sillas de diseño, altillos salvadesniveles y ventanas batientes y oscilobatientes que preservan de la rasca invernal y de la canícula. Todo confort. Acondicionadores, calefactores, humectadores y lámparas y velas de colores que nunca se vieron en Samarkanda ni en el Ikea. Ingeniería y diseño al servicio del pueblo, la obra culmen del ingenio español para lo informal. Y dicen que no innovamos. Nunca se estuvo mejor en la puta calle. ¡Ay, las terrazas! El amor a la cajetilla y las arcas flacas de los consistorios nos recuerdan que somos hijos del presente. Hay días que se nos olvida hasta la gastronomía y resolvemos con su prima pobre. Vamos a picar algo. «Tiempo presente y tiempo pasado / Están ambos quizá presentes en el tiempo futuro, / Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado. / Si todo tiempo es eternamente presente / Todo tiempo es irredimible». Mejor metáfora de lo que somos, imposible. Lo escribió el Nobel T. S. Eliot, pero podría haberlo hecho un torero. En las terrazas se ha robado menos que en los auditorios y también tienen megafonía cuadrofónica. Qué sería de un verano sin su banda sonora. Si Julio Iglesias estuviera fino como antes, ya estaría sonando: «La ‘visa’ sigue igual».