Madame Pepi, vidente auténtica

PALABRERÍA

Don. Madame Pepi había tenido una sola experiencia con lo esotérico, que determinó toda su vida, la personal y la profesional. En aquel tránsito, un espíritu le había dicho que ella era una vidente genuina, tal vez la única, y que protegiera ese don y que se cuidara de los impostores. El ser espectral se manifestó con susurros, algo muy comprensible porque probablemente en el más allá tenían poca cobertura. Así se lo contaba, una y otra vez, a quien quisiera escucharla. Lo cierto era que no estaba segura del mensaje, aunque esa revelación jamás escapó de su boca, y lamentaba que el contacto hubiera sido tan escaso y deficiente. ¡La próxima vez, que le enviaran a alguien con el chorro de voz de Pavarotti!


Traqueteo. Por aquel entonces era cajera de supermercado y la única aproximación al ocultismo era cuando los guardias de seguridad detenían a algún chavalín de instituto que intentaba pasar bebidas energéticas de matute. No consultaba horóscopos, jamás le habían leído la mano, relacionaba la güija con la vejiga. Ni siquiera creía en los homeópatas. Una madrugada insomne, después de tragarse en la pequeña tele del dormitorio hasta el anuncio del cuchillo que cortaba latas, sintió una presencia extraña que en un primer momento atribuyó a la fogosidad de los vecinos del piso de arriba, que a menudo movían la cama aunque no con la mente. Se repitió varias veces el traqueteo, que contagió a la mesita de noche. El mueble dio un salto como si estuviera a punto de escapar.


Látex. Pensó en un terremoto y, por tembloroso contagio, en una película en la que los protagonistas se refugiaban bajo el dintel de una puerta. Se levantó a toda prisa con el camisón arremangado y se colocó en el marco que daba entrada al dormitorio. Aterrada, aguardó a que sucediera algo, a que las grietas causadas por el seísmo dibujaran melenas en las paredes. Estuvo 20 minutos inmóvil, descalza y congelada. Entonces oyó una voz, amortiguada como las pisadas en la nieve. Le hablaba el cajón de la mesilla de noche. Sobre el miedo se impuso la vergüenza: allí guardaba objetos de uso íntimo. La boca de madera se abría y cerraba, indiferente al contenido de látex. Le dijo, o eso entendió una Pepi conmocionada, que ella era una vidente verdadera, que hiciera el bien y que se alejara de los falsos profetas. Aún estuvo inmóvil media hora más y cuando comenzó a sentir en los gemelos un dolor de futbolista pateado regresó a la cama. Durante semanas no tocó la mesita por si aún estaba habitada.


Mamarracho. En pocos días, dejó el súper y se reinventó como Madame Pepi, vidente auténtica, certificada por una mesita de noche. Se hartó de explicar el suceso para atraer público y aclarar lo desconcertante de la tarjeta que repartió por buzones y parabrisas de coches. Inauguró consulta en el comedor del piso y colocó en un lugar preeminente el pequeño mueble, libre de los artilugios sexuales. Recibió clases básicas de una tarotista, se compró libros sobre la lectura de manos e intentó comprender las runas sin conseguirlo. Se inició como vidente verdadera con el vecindario y su fama se extendió primero por el barrio y después al resto de la ciudad hasta que la ficharon en una tele local con horario de madrugada. Supo desde el primer día que no tenía ninguna habilidad y que solo la invención mesurada podía sacarla del atolladero. Aconsejaba a las madres angustiadas por el futuro laboral de los hijos y a novias despechadas por novios mamarrachos.


Confidencia. Durante años preguntó a la mesita sin que respondiera. Se acostumbró a la presencia, que ya no era intimidante. Compartía con ella las confidencias. La barnizó cuando comenzó a perder el color y le sacaba brillo de forma apasionada. Temió a la carcoma o que se le rompiera una pata. Muchos años después, de paseo por Ikea como alternativa al hogar del jubilado, se encontró en uno de los recodos del laberinto con una mesilla. Ligereza nórdica en oposición a la silente pesadez que la acompañaba. La adquirió en busca de afecto y, a poder ser, de conversación.