‘El otro lado de la esperanza’

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Vaya por delante que soy una admiradora irredenta del finlandés Aki Kaurismäki, uno de los cineastas del mundo de los que más he aprendido y que más satisfacciones me ha dado. Tengo recuerdos imborrables de sus películas, desde La chica de la fábrica de cerillas hasta Le Havre, pasando por Contraté a un asesino a sueldo, donde Jean-Pierre Léaud, en una interpretación memorable, pronunciaba una frase que no se me ha quitado de la cabeza desde que vi la película: «I love your blue eyes… are they blue?». Cada película de Kaurismäki es una oda a la bondad, que no al buenismo: el autor nunca olvida que, aunque sus protagonistas son fundamentalmente buenos, viven en un mundo de gente fundamentalmente mala cuyo único objetivo es amargarles la vida a los primeros. Su última película, El otro lado de la esperanza, que obtuvo merecidamente el premio al mejor director en el pasado Festival de Berlín, es una prueba más de su talante único: es una proeza decir tanto con -aparentemente- tan poco y es casi imposible tratar un tema tan complejo como el de los refugiados con tal claridad de ideas, tanta ternura (y a la vez tanta dureza) y tanto sentido del humor. Que en casi la misma secuencia podamos reírnos de los vanos esfuerzos del protagonista por hacer sushi y, acto seguido, sentirnos asqueados de la malsana estupidez de un grupo de mastuerzos que forman el Ejército de liberación de Finlandia es algo que muy pocos cineastas del mundo saben hacer. Vuelven a salir, como en todas sus películas, hombres con trajes y talante de otra época y mujeres rubias que fuman y beben en lugares imposibles donde se comen sardinas de lata y patatas hervidas; coches inmensos de los cincuenta, grupos (cada vez más viejos) que tocan blues finlandés en todas las esquinas de un Helsinki sórdido a más no poder; decisiones repentinas que se toman sin palabras… Pero ahora la presencia de refugiados que llegan a esta ambigua tierra de promisión («Estoy enamorado de este país y no veo la hora de largarme») pone a prueba a los héroes de Kaurismäki, que saben estar a la altura de las circunstancias, a diferencia de las autoridades y las instituciones que oyen sin escuchar los testimonios de estos hombres y mujeres que llegan cada día a los países europeos, tras periplos heroicos. No quiero destripar la trama de la película, sólo decirles que me parece, junto con Fuocoammare, el mejor retrato de esta Europa resquebrajada que nos ha tocado vivir y a la vez un alegato (palabra que a Kaurismäki seguro que le daría alergia) en pro de que los gobiernos y los ciudadanos nos arremanguemos para escuchar y acoger a gente que un día ha vuelto del trabajo a casa y se ha encontrado con que ya no había casa. El otro lado de la esperanza es un pequeño milagro: una película que da razones sencillas y tangibles para seguir creyendo en la raza humana.