Una camarera malagueña

MI HERMOSA LAVANDERÍA

En la azotea del hotel, en Málaga, se divisa una vista espectacular de la ciudad y hoy que, después de la lluvia, el aire está limpio, es aún más espectacular. A un lado, el puerto, con el flamante cubo del Pompidou; más allá, el mar; por todos lados, las altísimas palmeras omnipresentes; un poco más allá, el nuevo museo, el teatro romano, la catedral…

Son las once de la mañana y tomarme un café desde aquí, con esta vista, leyendo sin prisa el Diario de Málaga, mirando el mar y las palmeras, disfrutando de un sol tímido todavía, se me antoja el mejor de los placeres. La camarera me pregunta si quiero otro café; «sí», le digo. Me sonríe. «Qué bien aquí hoy, ¿verdad?». «Verdad», le digo. Málaga se ha convertido en pocos años en una ciudad llena de museos interesantes, sedes culturales tremendamente activas y eventos artísticos, con mucho turismo, pero sin el grado de masificación de Barcelona o Madrid: es todavía posible pasear tranquilamente por el centro histórico y tomar una cerveza y una tapa (de ‘pringá’, de cazón, de las riquísimas berenjenas fritas con miel, de calamares) a muy buen precio, en algún lugar relajado, sin tener que pelearse por un sitio en la barra. Es verdad que, si se quiere visitar los museos, lo mejor es comprar las entradas por anticipado, pero también hay multitud de centros culturales con programaciones muy estimulantes que se pueden visitar sin pagar entrada y sin agobios. La ciudad posee un ritmo propio, vivo pero tranquilo, vibrante pero no agobiante. Una medida humana, poco más de medio millón de habitantes, que permite ir andando a todas partes.

Un rumor creciente me hace levantar la vista: entra en la terraza un nutrido grupo de turistas rusos, unos cuarenta, que acaban de llegar al hotel y que lo primero que hacen al salir a la terraza, antes de nada, es sacar el móvil y empezar a fotografiar a diestro y siniestro, el mar, el puerto, las palmeras, la vista, el teatro romano… No bien han atrapado en sus teléfonos el panorama desde la azotea, se van por donde han venido, dejándome perpleja porque en total habrán estado unos dos minutos escasos.ÿ A mí, que me gusta tomar fotos como a cualquier hijo de vecino, me fascina esa costumbre tan extendida de, antes de ver cualquier cosa con los ojos y juzgar si merece la pena o no, tomarle una foto para enviarla, para verla después o quizá para no verla nunca. Me imagino nubes y más nubes virtuales y aburridas, llenas del mismo cielo, la misma vista de postal, el mismo mar, tristes imágenes desenfocadas y banales que nadie ha visto nunca, que sólo sirven para dar al que las toma la confirmación de que estuvo allí, que vio lo que tenía que ver, que su móvil alberga la prueba. La camarera me trae el café y señala al grupo que se va. «Cada día es así, vienen en grupo del crucero, suben aquí, hacen fotos y desaparecen; una lástima para ellos, pero casi mejor para usted, porque aquí se está muy bien, y solita mejor, ¿verdad?». «Verdad», le digo. En caso de dudas existenciales, nadie como una camarera malagueña para resolverlas.