Malos aires queridos

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Por primera vez en años, las autoridades municipales de las dos ciudades más pobladas de España, Madrid y Barcelona, han decidido tomarse en serio la contaminación. Hasta ahora jamás habían hecho el más mínimo esfuerzo. Aún peor, alcaldes anteriores contribuyeron a la expansión de lo contaminante tanto desde obras de infraestructuras solo pensadas para favorecer el tráfico rodado como con la ocultación sistemática de los niveles de polución. Parece que ha llegado el momento de repensarse el modelo y ya solo por eso tendríamos que estar felices. Desde el Gobierno central, por supuesto, sigue la atonía. No tienen la menor iniciativa, pese a que el índice de muertes por contaminación del aire sigue aumentando de manera brutal y los datos de alergias y enfermedades respiratorias se han convertido en un agujero financiero para el sistema de salud y la economía laboral. Supongo que muchos anhelan que pronto gane las elecciones un Trump español, un negacionista del cambio climático con el que poder volver a primar a las empresas más venenosas.

Durante años, nuestro Gobierno ha incentivado la venta de automóviles con una subvención millonaria llamada Plan PIVE, justificada en que la fabricación de coches es motor del empleo nacional. Y lo es, así que nadie tiene ninguna pega a que con dinero público se apoye a sectores que se consideran estratégicos para nuestra economía y desarrollo. El problema es que no se enlazó esa renovación del parque automovilístico con el fomento de energías más limpias. Por ello, el retraso en España en implantar el coche eléctrico y los surtidores de recarga es vergonzoso. Pero no nos engañemos, la solución contra el coche no pasa por transformar el parque automovilístico en eléctrico, sino en reducir el número de coches. Las ciudades grandes necesitan entornos urbanos menos siniestros, una verdadera apuesta por el transporte público y por la movilidad inteligente de sus ciudadanos.

Las decisiones de castigar a los coches más antiguos suenan bien, pero vuelven a señalar a las personas más pobres y con menor poder adquisitivo como culpables de un mal que es generalizado. Pasa como con las multas, que al no ser proporcionales a los ingresos fomentan la desigualdad. Hace tiempo que existe un impuesto encubierto al coche, que es la revisión técnica de vehículos, donde no se castiga la antigüedad, sino la objetiva medición de gases contaminantes. Aquellos que no pueden cambiar de coche frecuentemente no merecen mayor castigo que quienes compran modelos desmesurados, hipercontaminantes, antiecológicos. También hay polémica por la reducción de la velocidad en el entorno de la ciudad, aún se duda si eso contribuirá de verdad a rebajar la contaminación. Si se quiere enfrentar el problema, no caben medias tintas. Lo más sencillo sería que cada conductor que entra a diario en la gran ciudad con su automóvil fuera preguntado de manera directa qué necesitaría, qué enlace le sería cómodo, qué servicio le decidiría a prescindir del coche privado. Y a partir de ahí se trazara un plan de actuación.

Que la autoridad no se identifique con la persecución, la amenaza, el castigo. Sino con perseguir el acomodo de todos con humildad. Y luego que la primera acción municipal no fuera restringir y prohibir, sino organizar un verdadero entramado de transporte público que corrija el disparate de tantas décadas de especulación que han expulsado a las clases medias de los centros urbanos y los han enviado a la periferia, convirtiéndolos en dependientes del coche propio. Urge la construcción de aparcamientos disuasorios en las entradas de las ciudades, pero también que se haga un esfuerzo por descentralizar oficinas y centros de poder, concediendo a otras ciudades organismos públicos que solo gozan Madrid y en menor medida Barcelona. La destrucción de la calidad de vida en la gran ciudad española tiene unos culpables con nombres y apellidos, que trajeron la contaminación, pero también la pérdida de identidad, la degradación del tejido vecinal en el centro urbano, la expansión del negocio por encima del orden y la habitabilidad. Si es cierto que por fin han llegado a la Alcaldía nuevas iniciativas y personas, quizá es hora de confiar en un futuro mejor, pero ha de ser algo más que un arrebato decorativo y cargado de buenas intenciones no realizables.