Engaños populares

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Probablemente el suceso más relevante que ha sucedido en lo que va del año con relación a las nuevas tecnologías tuvo lugar en Holanda. No se trata de un nuevo avance, de otro desarrollo técnico ni de una empresa rutilante que se lanza en Bolsa con enormes beneficios. No, se trata de una prohibición. El Gobierno holandés decidió evitar el recuento por ordenador y el voto telemático en sus elecciones generales. Es decir, reconoció de manera clara y precisa que no tenía todas las garantías suficientes para proceder al voto tecnológico. Esto es algo que lleva años flotando en el ambiente y que nadie se atreve a encarar. La manipulación y el desvío de la realidad ha encontrado un aliado en las nuevas tecnologías, hasta el punto de que los servicios secretos de varios países están investigando en comisiones secretas si la elección de sus gobiernos ha sido limpia o ha estado marcada por influencias extranjeras. Esta noticia nos obliga a ser cautos, pero también firmes en la resistencia al voto telemático. Los pequeños fraudes que se producen en el voto presencial, con esas residencias de ancianos que manipulan el voto de las personas ingresadas y ciertos grupos de poder que estimulan un voto fraudulento en su favor, son nimiedades en comparación con el mal que se puede causar desde un control remoto.

Los holandeses, como ha sucedido ya en Francia y Alemania, han reaccionado frente al peligro de los servicios secretos rusos, sobre todo a raíz del inesperado triunfo de Donald Trump en las elecciones norteamericanas. Nunca vamos a saber el grado de influencia real en las votaciones de Estados Unidos o el brexit, pero la mera sospecha obliga a los países a prevenirse. Sobre todo
a los países europeos, que desde que establecieron sanciones contra Rusia se convirtieron en el enemigo natural de su expansión. Desde entonces, el acercamiento de Putin a los líderes políticos europeos que se oponen a la propia Unión Europea es constante. Primero comenzó con una oferta de colaboración con la izquierda griega, cuando el país estaba sumido en la crisis financiera. Pero la gota que desborda ese raro proceso de influencia ha llegado con la visita de Marine Le Pen a Moscú en plena campaña electoral francesa. La foto del encuentro es estremecedora, porque bajo la idea de la recuperación del ultranacionalismo francés parece estar fraguándose, como en el caso de Trump, el corrimiento de alianzas tradicional para entregarse a un socio exterior distinto a la tradicional alianza de progreso europeísta.

La foto de Marine Le Pen con su nuevo socio estratégico tuvo lugar un día después de que otro opositor ruso exiliado en Ucrania fuera asesinado en la calle de un tiro en la cabeza. Nada nuevo. Es una lástima que el legado periodístico y moral de Anna Politkovskaya signifique tan poco en la Europa actual, mientras que el alza del nacionalismo patriota es solo debido a la preponderancia grotesca del dinero y la balanza comercial. La influencia exterior en las elecciones locales es una forma de guerra solapada y siniestra. No es nueva, pero la reticencia a utilizar las nuevas tecnologías en el recuento de votos resulta esclarecedora. Somos más débiles que nunca. La profunda brecha que las nuevas tecnologías han abierto en el frágil modelo de información periodística evidencia que aún nos queda camino para alcanzar a protegernos del mal.

En los mismos días en que sucedían acontecimientos tan terribles en la política mundial, una televisión española sufría el voto concertado de foros de usuarios en un concurso de habilidades y canto. El típico concurso de talentos con voto por móvil, que derivó en un fraude más cómico que dramático porque tan solo afectaba a la carrera de unos aspirantes a artista. Pero el estigma que deja detrás es el mismo, la imposibilidad de saber si estamos ante una verdad o una mera manipulación. Todos conocemos a gente que trabaja en un nuevo sector de empleo que se dedica a engordar los seguidores en redes sociales y variar a su antojo los controles de audiencia televisiva y mediática por medio de fáciles apaños telemáticos. Pero transformar algo tan transparente como el voto popular en un engaño masivo es la fórmula perfecta para destrozar nuestro sistema.