La hora de la verdad ha llegado. No se trata de la Eurocopa ni de los Juegos Olímpicos: son los exámenes finales. Pero unos y otros tienen algo en común. Puestos a aprender, los estudiantes deberían fijarse en los deportistas… Éstos tienen mucho que enseñar. Por Rodrigo Padilla

En sus marcas. Los pies, bien afianzados en los tacos de salida. O el boli, en la mano y la hoja del examen, boca abajo. Respirar hondo y adelante. Toda la temporada está en juego. O todo el curso. O estos últimos años estudiando las oposiciones, muchas horas al día, sin concesiones. Una salida nula, o un fallo de concentración o el miedo a quedarse en blanco… los nervios. Y todo se va al garete. ‘Ansiedad académica’, así lo llaman los psicólogos.

Hay dos gremios que saben muy bien lo que es jugarse un año a un solo partido: uno es el de los deportistas; el otro, el de los estudiantes. Los primeros dedican buena parte de su preparación a afrontar la tensión de las grandes citas; para los segundos, desgraciadamente, es algo marginal, lo importante es empollar y, como mucho, tomarse una tila la noche antes del examen… o un termo de café para aguantar el atracón final. No tiene mucho sentido. Ahora que llegan los exámenes finales, la temida selectividad o las oposiciones, lo mejor sería fijarse en las tácticas que emplean los deportistas. El objetivo: no figurar en ese 25 por ciento de estudiantes que dice sufrir este tipo de ansiedad ante un examen.

El manejo de las emociones es la asignatura fundamental. De poco sirve entrenar sin parar si luego los nervios te superan. La base es la confianza fraguada durante meses. Los deportistas siguen un plan meditado para pulir su técnica y mejorar su condición física. Saben que una paliza la semana previa no es lo mejor, ni mucho menos. Todo está medido y pensado para llegar en las mejores condiciones a la cita clave. Un estudiante debería enfocar el año de la misma forma: preparar los temas con antelación, planificar el ritmo, dejar tiempo para los repasos e intercalar de vez en cuando sesiones de recuperación. Si la materia está dominada, la inseguridad se reduce.

Pero a veces los nervios son difíciles de controlar. La preparación ha sido la correcta, pero una salida nula o una ligera vacilación antes de lanzar la jabalina lo arruinan todo. El jamaicano Asafa Powell fue eliminado en los Mundiales de Osaka por una doble salida nula; dos años después batía el récord del mundo de los 100 metros lisos. Entrenar es una cosa, un estadio abarrotado de gente gritando es otra. Por eso, los atletas también ensayan las finales.

La disciplina mental no se improvisa, se entrena. Hay que practicar la relajación y la concentración. La clave está en mantener el control sin perder la motivación

Conforme se acerca el campeonato incluyen sesiones que recrean las condiciones de competición, las mecanizan. Igual que repiten los gestos técnicos de su especialidad, repiten una y otra vez los mismos rituales que emplearán en la competición. Por eso, les vemos dar palmadas ante los tacos de salida, entonar salmodias o pasearse con la mirada perdida antes de un lanzamiento. Y también por eso deberían imitarlos los estudiantes: por un lado, hacer en casa exámenes del mismo tipo y responder las preguntas en el espacio y el tiempo determinados; por el otro, simular el escenario: utilizar siempre el mismo material y, si es posible, conocer de antemano el espacio donde tendrá lugar el examen. De esta forma se mitiga uno de los factores desencadenantes de la ansiedad: el miedo a lo desconocido. El otro factor es el miedo al fracaso. Para combatirlo, los deportistas recurren a la disciplina mental. Pero la disciplina no es algo que se improvisa, se entrena. Los expertos en psicología deportiva coinciden en que la relajación y la concentración deben ser ejercitadas como cualquier otra habilidad física o técnica. Sustituir los pensamientos negativos por positivos no es algo que se aprenda en un día. No vale decir «voy a conseguirlo». Hay que aprender a hacer una pausa en los estudios y relajarse, saber controlar la respiración. Y, más importante aún, desarrollar el placer por el estudio, por el aprendizaje, la satisfacción de ver los progresos. Igual que los deportistas. Ese ansia de superación, el espíritu competitivo, es la otra cara del mundo de las emociones.

Los atletas saben que saltar a la pista con tranquilidad es fundamental, pero que la secreción de adrenalina que provoca la tensión también ayuda. El corazón late más rápido, los músculos reciben más oxígeno… y el cerebro, también. En el caso de los estudiantes, esa sensación de alerta es tan beneficiosa como el subidón físico que experimentan los deportistas. Conclusión: estar tranquilos pero no excesivamente confiados, mantener el control pero no perder la motivación, ser conscientes de la importancia del momento pero saber que se está preparado. El premio es una medalla o un diploma de licenciatura, pero también la marca mínima para ir a las Olimpiadas o la nota necesaria para cursar la carrera deseada. Porque la vida es una carrera de obstáculos y las tácticas aprendidas durante la época de estudiante nos valdrán en los años venideros. Siempre nos encontraremos ante nuevos exámenes, en forma de entrevistas de trabajo o de resolución de problemas de estrés. Si sabemos que contamos con la preparación necesaria y que podemos controlar nuestros nervios, pasaremos la prueba. Hasta que llegue la siguiente…

Sabías que…

El cerebro es un devorador

La masa cerebral supone entre un dos o un tres por ciento del total del peso corporal, pero consume hasta un 20 por ciento de la energía. Es insaciable y se pirra por los hidratos de carbono; sólo recurre a las grasas o las proteínas en caso de máxima necesidad.

Los más responsables, los más ansiosos

 El 25 por ciento de los alumnos españoles asegura haber sentido ansiedad ante los exámenes. Afecta sobre todo a los alumnos más responsables y mejor preparados, pero es independiente de la importancia del examen: se da tanto en el bachillerato como ante el examen de conducir.

Estudiar es un trabajo

Según la Universidad de Valencia, un alumno debería dedicar entre 1.500 y 1.800 horas al estudio para aprobar la carrera. Los estudiantes reconocen una media de 1.387,5. En cualquier caso, la primera cifra implica 39,5 horas por semana lectiva.., es decir, una semana laboral.

Di “no” al dopaje

Algunos atletas toman anabolizantes, unos pocos ciclistas recurren a las autotransfusiones… y los estudiantes… Desgraciadamente, las pastillas que aumentan la capacidad de concentración o que ayudan a mantenerse despiertos están de moda.

Doparse en el estudio no se traduce en descalificación si te pillan, pero sí en autodescalificación asegurada. Modafinilo, efedrina y anfetaminas quizá ayuden a prolongar un poco el tiempo de estudio, pero no su calidad: en el mejor de los casos, te convierten en un autómata del estudio, aunque no favorecen el aprendizaje a largo plazo. En el peor generan agotamiento, insomnio, nerviosismo y taquicardias, elevan la presión arterial y provocan alucinaciones.

Lo que necesita el cerebro, igual que el cuerpo de un atleta, es entrenamiento regular alternado con momentos de recuperación y, sobre todo, energía: carbohidratos complejos (patatas, pasta, cereales), verdura y frutas y todo el pescado posible, con su enorme aporte de minerales, oligoelementos y ácidos grasos omega. Y no hacen falta más suplementos.