¿Cómo ve el mundo? ¿Qué le dicen sus sentidos? ¿Por qué es tan sensible a las emociones de su amo? Una psicóloga se hizo estas preguntas y se puso a investigar a estos «oportunistas manipuladores» que, no obstante, pueden hasta salvarnos la vida al detectarnos precozmente un tumor. Estas son sus fascinantes conclusiones. Por Carlos Manuel Sánchez

Alexandra Horowitz es profesora de Psicología Cognitiva de la Universidad de Columbia e investigaba la conducta de los chimpancés pigmeos hasta que un día se llevó una cámara de vídeo al parque donde iba a pasear con su perro, descubrió que la conducta de los caninos le parecía tanto o más interesante que la de los simios y dio un giro de 180 grados a sus investigaciones.

Pero, antes de introducirnos en su mente, conviene saber cómo se “fabrica” un perro. Para ello bastan unos pocos ingredientes. Necesitaremos lobos, humanos, interacción y tolerancia mutua. Se mezcla todo y se espera… unos doce mil años.

Los perros no nos toman por su manada. Nos obedecen porque les damos comida, no porque seamos individuos alfa

El perro comparte el 99,6 por cientode su ADN con el lobo. Las comunidades humanas prehistóricas producían gran cantidad de residuos. Los lobos descubrieron esta fuente de alimento. Con el tiempo, los humanos tomaron algunos lobeznos como mascotas. Pero la idea de que los perros nos toman por su manada es errónea, advierte Horowitz. «El lenguaje que emplean muchos adiestradores -macho alfa, dominio, sumisión- reduce el tipo de comprensión que podemos tener de los perros, cuya relación es menos jerárquica de lo que se creía. Atienden nuestras órdenes porque somos proveedores de comida, no porque seamos alfa. Los perros son oportunistas sociales. Para ellos, los humanos somos una herramienta multiusos que les resuelve muchos problemas: les damos cobijo, alimento y compañía. Y saben cómo manipularnos para conseguir lo que quieren.»

Los perros nos miran a los ojos. Nos inspeccionan en busca de información con descaro. Los lobos, sin embargo, evitan el contacto visual; lo consideran una amenaza. La capacidad del perro de buscarnos la mirada fue uno de los primeros pasos en su domesticación: escogimos a quienes nos miraban. Luego empezamos a diseñarlos. Los perros originales eran chuchos mestizos. Pero muchos de los canes actuales son el resultado de cientos de años de cría dirigida.

Existen unas 150 variedades. Quien busque un perro con pedigrí se encontrará con un listado similar al de las prestaciones de un coche, pero los perros de pura raza son más susceptibles a enfermedades hereditarias, como displasia, dolencias cardiacas o narcolepsia. Es el precio que hay que pagar por un patrimonio genético cerrado. Los perros callejeros son más sanos, más adaptables y menos maniáticos. En cuanto a la agresividad, es relativa. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el pastor alemán encabezaba la lista de perros agresivos; hace años se denostaba a los rottweiler y los dóberman; hoy, la bestia negra es el pitbull. «Su clasificación tiene que ver más con la percepción pública que con su naturaleza -matiza Horowitz. Cualquier perro puede ser peligroso si su dueño es un insensato. En investigaciones recientes se ha descubierto que el teckel es el más agresivo. Pero es muy fácil meter a este perrito gruñón en una bolsa y llevarlo a donde se quiera.»

La agresividad es relativa y no está vinculada a una raza. Cualquier perro puede ser peligroso si su dueño es insensato

Para los perros, los humanos somos el olor que despedimos. Cualquier prenda es un hediondo tesoro. Ni siquiera es necesario que toquemos los objetos para que huelan a nosotros. Por nuestros efluvios, el perro sabe si hemos comido un bocadillo, practicado el sexo o corrido un par de kilómetros. Es capaz de olernos la ansiedad, la tristeza o el miedo. «Las emociones huelen porque conllevan cambios fisiológicos y metabólicos, sudoración, alteraciones del ritmo cardiaco y glandulares. Los canes que conviven con personas epilépticas saben prever los ataques de esta enfermedad. Y se está adiestrando a perros para que reconozcan los olores bioquímicos que desprenden los tejidos cancerosos. Se ha demostrado que detectan con una tasa de acierto superior al 95 por ciento los cánceres de mama, colon, pulmón y melanomas.»

Los perros también distinguen los cambios de tono en el habla humana si se trata de una orden o de una súplica. Y son capaces de identificar decenas de palabras: un total de 1.022, en el caso de Chaser, un border collie cuya habilidad está siendo estudiada para entender los mecanismos neuronales gracias a los cuales los bebés adquieren el lenguaje. Algunos científicos comparan la edad mental de un perro espabilado con la de un bebé de tres años.

También pueden desenmascarar las malas intenciones. «Son sensibles a los cambios de olores que se producen con el estrés, también notan la tensión de los músculos y cuando se acelera el ritmo respiratorio. En realidad, algo similar a un detector de mentiras. Además, las personas de poco fiar suelen mirar furtivamente. Los perros notan esa mirada», asegura la psicóloga. Pero si ve un arma, el perro no se siente tan amenazado como interesado por saber si le cabe en la boca. Un estudio demuestra que existe una correlación entre los niveles de testosterona en los hombres y los de cortisol en los perros. El cortisol es la hormona del estrés. A más testosterona del dueño, más estrés de su perro. Por el contrario, si la convivencia entre ambos es buena, el beneficio es mutuo: en los humanos suben las endorfinas (placer), la oxitocina y la prolactina (sociabilidad), por lo que se reduce el riesgo de depresión; en los canes se ralentiza el ritmo cardiaco.

Perciben mucho más detalles que nosotros, pero carecen de visión de conjunto. Aprenden, pero no saben generalizar

Los perros, a su vez, experimentan el día con gran intensidad. Nosotros somos su principal fuente de información sobre el tiempo: les organizamos la jornada ajustándola a la nuestra y los rodeamos de rituales. Pero, además de estas pistas, llevan un marcapasos cerebral situado en el hipotálamo llamado “núcleo supraquiasmático”, que les sirve de reloj, y tienen otros mecanismos muy sutiles. El aire de una habitación indica en qué punto del día nos encontramos. Nosotros no lo percibimos, pero existen microdesplazamientos de aire caliente que se forman al acabar el día y que se deslizan de las paredes hacia el techo. «Los perros perciben muchos más detalles que nosotros, pero carecen de visión de conjunto. Aprenden, pero no saben generalizar. Experimentan, pero no examinan sus propias experiencias. Piensan, pero no consultan sus propios pensamientos», explica Horowitz. «También perciben cuándo están en peligro ellos o sus dueños. Pero al mismo tiempo son capaces de sobreponerse a su instinto de conservación para salvar a otro perro o persona. Y sienten angustia. Experimentan el abandono y la soledad de un modo intensísimo. Finalmente, tienen una conciencia intuitiva de su propia mortalidad. Cuando se están muriendo, hacen grandes esfuerzos para alejarse de su familia, canina o humana, y retirarse a un lugar apacible».

Una nariz de narices

La nariz humana tiene seis millones de receptores. La del perro, 300 millones. Un perro detectaría una cucharada de azúcar diluida en dos piscinas olímpicas. El sentido del olfato tiene una ayuda adicional: el órgano vomeronasal, un saco situado sobre el cielo de la boca. Sus receptores están cubiertos de cilios, unos pelos diminutos que captan moléculas muy sutiles, como las feromonas, que abundan en los fluidos corporales.

Su verdadero yo

El olor es clave para identificarse y comunicarse. «Por eso, la fragancia de los productos de limpieza es un insulto olfativo para el perro. No es de extrañar que, tras el baño, se revuelque sobre la alfombra o el césped. Le robamos parte de su identidad».

Visión periférica

Sus ojos, situados en una posición más ladeada, les permite una vista panorámica de 250 a 270 grados, por los 180 de la nuestra. El perro ve bien las cosas que lo rodean, pero no tanto las que tiene enfrente, que no las puede enfocar. No son ciegos a los colores. La retina es sensible al azul y al amarillo verdoso y también distingue el naranja del rojo, pero los ve como un verde más o menos pálido.

Las cazan al vuelo

La agudeza visual de los perros mejora mucho ante objetos en movimiento o que estén rebotando. «Los perros ven el mundo más deprisa que las personas, aunque es más correcto afirmar que ven un poco más de mundo por segundo. Si les lanzamos una pelota de tenis, lo más probable es que la cojan al vuelo. A nuestros perros les debemos de parecer siempre un poco lentos.»