Los torturan, los echan de casa e incluso sus propios padres los asesinan. Cada vez más niños africanos son acusados de brujería, de provocar desgracias por el solo hecho de existir. Unicef y Save the Children han dado la voz de alarma. Por Fernando Goitia

«Primero se rompió la nevera; después me enfermé y el médico no supo qué me pasaba. Entonces se estropeó la picadora de carne, sufrí un accidente de coche y me di cuenta de que en casa desaparecía dinero. Fue ahí cuando supe lo que pasaba. Mis hijos son brujos».

La conclusión de Kalumbu puede resultar peregrina. Esta madre congoleña, sin embargo, no precisó reunir más pruebas para convencerse de que sus hijos, de 8 y 10 años, estaban poseídos por espíritus malignos. Se los llevó a un pastor pentecostal de Kinsasa y allí confirmó sus temores. «Sí -le dijo el religioso-. Son enfants sorciers». Es decir, niños brujos. Y así, Kalumbu los abandonó, para siempre, en las calles de una urbe de ocho millones de habitantes por la que deambulan 50.000 niños; una tercera parte de los cuales, según Médicos del Mundo, fueron expulsados de sus casas por ser niños brujos.

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La fe en la brujería está profundamente arraigada en la cultura animista de muchos países africanos. Una creencia de la que saca partido una pléyade de nuevos cultos cristianos que cobra por exorcizar a los niños brujos

Miles de menores sufren idéntico destino en Nigeria, Gambia, Togo, Benín, Camerún, Sudáfrica, Angola, Ghana, Kenia, Sierra Leona, Tanzania… Países de fuerte tradición animista -a todos los problemas se les atribuye un origen espiritual donde el brujo, el poseído, es el paradigma de la maldad y causa de todas las desgracias.

No hay figura más odiada y temida. Tanto que al acusado de brujería se le puede repudiar, torturar en truculentos y prolongados exorcismos -con reclusión, privación de alimentos o consumo de sustancias peligrosas- e incluso asesinar; muchas veces a manos de sus propios padres o familiares, como está ocurriendo de forma creciente con miles de niños africanos, según organizaciones como Unicef, Acnur, Save the Children o Human Rights Watch.

Elysée, 10 ans, a été attaquée par sa tante à coups de fer à repasser au prétexte qu’elle était sorcière.

Élysée tiene 12 años y vive en un centro para niños de la calle. Cuando su madre murió, fue entregada a su tía, que la acusó de brujería para librarse de ella. La llevó a una iglesia donde, a modo de exorcismo, fue torturada con una plancha

Hoy en día, la mitad de los africanos son niños, el 20 por ciento de los cuales, advierte Children International, presenta problemas de desarrollo físico producto de la desnutrición o trastornos como megaloencefalia, vientres inflamados, tuberculosis, autismo, síndrome de Down, albinismo, epilepsia…, ‘maldiciones’ que empujan a muchas familias a deshacerse de ellos. Acusarlos de ser niños brujos es la justificación perfecta.

Niños, los nuevos brujos

El fenómeno dirigido contra la infancia es reciente. Tradicionalmente, este tipo de imputaciones servía como excusa para librarse de ancianos, viudas y minusválidos -menos bocas que alimentar-; de albinos, estigmatizados en muchas comunidades; de familiares que sobresalen más de la cuenta -por pura envidia malsana-; o de parientes cuyos bienes y propiedades son objeto de codicia.

Un niño con un algún tipo de trastorno es una ‘maldición’. Acusarlo de brujería permite deshacerse de él

Dicho de otro modo, una acusación de brujería es un comodín que da carta verde para hacerle al acusado todo tipo de perrerías y convertirlo en un paria sin que nadie -ni policía ni autoridades- plantee la más mínima objeción. Así, ante la creciente precariedad, cada vez más familias que ven en sus pequeños una carga insostenible, o aquellas obligadas a acoger a hijos de parientes fallecidos, aprovechan esta vía para culparlos de todos sus males y echarlos de casa.

Así le ocurrió a Hope, un niño nigeriano que hoy tiene 4 años, convertido en icono de la lucha contra esta práctica por obra y gracia de las redes sociales. Su familia no pudo pagar el exorcismo y lo abandonó cuando tenía poco más de 2 años. Durante 8 meses, el pequeño sobrevivió en las calles de Eket, una ciudad del tamaño de Bilbao en el estado nigeriano de Akwa Ibom, hasta que una mujer danesa llamada Anja Ringgren apareció en su vida, el 30 de enero de 2016.

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En enero de 2016, esta mujer danesa (Anja Ringgren) rescató al pequeño Hope de la calle. Acusado de brujería por su familia y abandonado con 2 años, Ringgren lo acogió en su refugio para niños brujos en Eket, al sur de Nigeria

Ringgren, fundadora de African Children’s Aid Education and Development Foundation, lo recogió en la calle, famélico y desnudo, y lo trasladó a un hospital. Tras ser sometido a un tratamiento para eliminar los parásitos de su sistema digestivo y recibir transfusiones diarias para recuperar un nivel admisible de glóbulos rojos, la benefactora escandinava difundió la historia de Hope en Internet y, en apenas 2 días, la cuenta de su fundación, entregada a salvar a niños brujos abandonados, recibió un millón de coronas danesas (unos 134.000 euros).

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Doce meses después, Hope ha empezado a ir al colegio

Dos meses después, Ringgren subió a Facebook pruebas fotográficas de la mejoría de Hope. Y hace unas semanas, al año del rescate, lo mostró en su primer día de colegio, junto con otros niños del refugio que la entidad mantiene en Eket desde 2012.

Cualquier excusa sirve

Un año después, nadie sabe qué pudo haber provocado la acusación de brujería contra Hope, ya que él era muy pequeño y no se conoce a sus padres. El niño sufría de hipospadias, una anomalía congénita en el pene, de la que ya ha sido operado, que bien pudo haber servido para demostrar sus ‘malignos’ poderes.

“Se rompió la radio y mi padre empezó a pegarme. Dijo que era un niño brujo. Ahora vivo en la calle”, Armand, 8 años

El abanico de excusas es amplio: una muerte o una enfermedad en la familia son las más comunes, pero también sirven la pérdida del empleo o de la cosecha, repetidas aunque pequeñas desgracias e incluso una pesadilla de mal agüero soñada por alguien de la familia.

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Los que sobreviven cuentan historias como la de Armand, de 8 años. En su barrio, nadie se acercaba a él desde que una vieja radio se rompió en plena retransmisión de un partido de fútbol. «Mi padre empezó a pegarme y dijo que era un niño brujo y que había querido vengarme de él porque me pegaba. Días después desaparecieron unas gallinas y me acusaron de haber traído una maldición a casa». Hoy, Armand vive en la calle, roba y duerme entre los puestos de un mercado.

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La exorcista: Mama Judith cobra diez dólares (una fortuna en Kinsasa, la capital congoleña) por identificar a niños brujos. Cada jueves, decenas de familias hacen cola para saber si a alguno de sus hijos lleva diablo en el cuerpo

Idéntico destino corrió Chist, de 7 años, cuando su padre se quedó sin empleo. «Me torturó para obligarme a confesar que le había lanzado una maldición». Cesar, de 10 años, fue acusado por su padrastro. «Mi padre se fue. El nuevo hombre de mi madre dijo que yo era brujo y me echaron». A Rudelle, de 12, sus padres la llamaron ‘niña bruja’ tantas veces que está convencida de serlo: «Todas las noches, mi alma se separa del cuerpo y entra un perro malvado que muerde y mata sin piedad».

Interiorizar el mal

La mayoría de los niños repudiados, de hecho, llega a creerse que son brujos. Están asustados, han sido rechazados, son inocentes y cuentan historias para no dormir. Como la de Bénie, de 13 años, toda una vida asumiendo su condición de bruja y al servicio hoy de la Iglesia kimbanguista, culto cristiano con 17 millones de fieles en toda África y sede en Kinsasa. «A los 6 años fui ‘inducida’ por mi tío. A los 9, los brujos hicieron de mí una sirena. Después maté a un ministro kimbanguista y, tras haber sido ‘inducida’ por Lucifer, me convertí en su esposa y tuvimos dos hijos. De una persona solo necesitamos su sangre. Lanzamos su cuerpo lejos». El relato de Bénie prosigue; inconexo, delirante -«al embrujar utilizo mis ojos», añade-, es la devastación interior con apenas 13 años.

Los niños acogidos en refugios como el de Anja Ringgren, o el centro Don Bosco de los salesianos en Togo, corren mejor suerte que Bénie. Allí comienzan el proceso de ‘desintoxicación’, que como primer paso aspira a convencerlos de que ni están poseídos ni tienen la culpa de los males de nadie. Algo que puede llevar años.

«El impacto de estas acusaciones en los niños es inmenso -señala un informe de las Misiones Salesianas-. Si no son tratados y reinsertados, pueden sufrir problemas de aprendizaje, aisla-miento social, agresividad, depresión, estrés postraumático, ansiedad, trastornos de la personalidad y repetir conductas violentas reflejo de las vividas». Conclusiones a las que la cooperante danesa añade: «Cuando los niños son torturados, sufren abusos y se los echa de casa, el trauma es tan terrible que cargarán siempre con él. Ser rechazado de ese modo por tu propia familia debe de ser el sentimiento más devastador que un niño puede experimentar. Por mucho que nos esforcemos, nunca imaginaremos siquiera cómo se sienten».

Muchos niños repudiados llegan a creerse que son brujos, como Benie, de 13 años, que dice: “Soy la esposa de Lucifer”

Para Ringgren, «la educación es la clave en esta lucha contra la superstición, los exorcismos y la magia negra de los pastores y los santeros, pero hay que trabajar también en niveles superiores». Idea que comparte el informe de los salesianos que subraya, entre otras recomendaciones, la necesidad de modificar las leyes -en Togo, la pena por maltratar a un menor consiste en 7 días de trabajo comunitario- para que la acusación por brujería sea agravante de un delito de violencia contra la infancia.

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Un niño acusado de brujería es exorcizado en una iglesia en Kinsasa. Por las calles de la capital congoleña se estima que deambulan más de 20.000 menores expulsados de casa por ser considerados niños brujos

Tarea, en todo caso, muy compleja, ya que la brujería forma parte de unas creencias y supersticiones ancestrales, como revela un episodio -denunciado en su día por Amnistía Internacional- ocurrido en Gambia en 2009. Más de mil personas sospechosas de brujería fueron encerradas entonces en lugares secretos y obligadas a ingerir pociones alucinógenas tras la muerte de la tía del entonces presidente Yahya Jammeh, un déspota desalojado del poder el pasado enero, convencido de que la brujería había sido la causante de su pérdida.