Lo encontró el ciudadano alemán Christian Lerf entre las pertenencias de su difunta abuela. Por Fátima Uribarri

Lo cubría el papel que se utilizaba para envolver panes en el siglo XIX. Además, en el envoltorio figuraba impreso el año exacto de su cocción: 1817. Se trata de una reliquia familiar que ha ido pasando de generación en generación por miembros de la familia Lerf. Para ellos es un honor custodiar el pan más antiguo del mundo. Con el paso del tiempo ha ido encogiendo hasta convertirse en una bolita de unos cinco centímetros, pero se ha conservado bastante bien gracias a que, para economizar, mezclaron la masa con tiza y arena. Mejor heredarlo que hincarle el diente.