La llegada del lugarteniente de Hitler, Rudolf Hess, al Reino Unido se convirtió en uno de los grandes enigmas de la Segunda Guerra Mundial.

Aquel sábado, 10 mayo de 194,  por la tarde, Rudolf Hess, segundo hombre en el orden sucesorio de Adolf Hitler, se subió a un bimotor Messerschmitt BF 110 (Me-110), con el pretexto de probarlo, y voló hasta las islas Británicas, haciendo un aterrizaje de emergencia en Escocia. Allí fue capturado y terminó en una cárcel inglesa de alta seguridad por orden del primer ministro, Churchill.

Al día de hoy, aún no se ha aclararado el propósito de Hess, un hombre que en los últimos tiempos parecía un tanto desequilibrado. La versión más admitida es que, gran simpatizante de Gran Bretaña, Hess habría confiado en que sería bien recibido en Londres, donde podría, por medio del duque de Hamilton -con el que había tenido cierta amistad- convencer al Gobierno británico de que cesara en sus hostilidades contra Alemania y que ambos países combatieran juntos contra el comunismo. Quizá los reveses británicos en Grecia y África le hicieran suponer que Churchill le escucharía.

Hess quería que el Gobierno británico cesara en sus hostilidades

El aprecio perdido.

Otra hipótesis es que Rudolf Hess trató con aquel absurdo viaje de recuperar el aprecio de Hitler. Fiel y discreto escudero del líder nazi, llegó al punto de cubrirle con su cuerpo y recibir un botellazo en la cabeza en su lugar -se dijo que nunca volvió a ser el mismo tras el golpe- y de hacerse detener y acompañarlo en su encarcelamiento en Landsberg. Pero Hess había ido acumulando rarezas y cayendo, a comienzos de la guerra, en una grave melancolía y en manos de adivinos y curanderos que le distanciaron de Hitler. Conseguir la paz con el Reino Unido le hubiera devuelto el favor del Führer.

Hitler enloqueció cuando supo la noticia y pasó dos días como un león enjaulado, ora maldiciéndole, ora suponiéndole víctima de un secuestro o una conspiración, ora discutiendo con Goering, que apostaba por la incapacidad de Hess para volar a Inglaterra. Hitler creía que su amigo estaba un tanto loco, pero que era inteligente y valeroso. Tras dos días de indecisión, para evitar daños políticos y esquivar el ridículo, se ofreció una versión según la cual Hess, en estado de alucinación a causa de un tratamiento médico, había despegado en un avión y se ignoraba su suerte. Hitler se sintió satisfecho con aquella solución y cuando se supo que Hess había llegado a Escocia se burló de las predicciones de Goering y ensalzó el talento de Hess como piloto.

Cuando supo que Hess estaba en el Reino Unido, Hitler supuso que se trataba de un acto de locura, pero eso no disminuyó su despecho. A su abogado Hans Frank le dijo: «Por lo que se refiere a mí, ha muerto; cuando le encontremos, le ahorcaremos». Frank comentó que nunca había visto tan afectado a Adolf Hitler. La irritación del Führer fue remitiendo y las pocas veces que se refirió luego a Hess fue para resaltar lo mucho que le había estimado y que su comportamiento fue siempre honesto, hasta que se desquició.

La locura de un amigo
Aparte de las puyas de Hitler, Goering hubo de soportar la sorna del ingeniero Messerschmitt, al que pidió cuentas por haber prestado aquel sofisticado caza de largo alcance a Hess. Ambos sostuvieron una conversación de este tono, según relató después el constructor de aviones:
-¿Cómo ha podido usted prestar un avión de guerra al señor Hess?- preguntó Goering.
-Señor ministro, no puedo negarle un avión al lugarteniente del Führer, que es un excelente piloto y que, tras sus experiencias, me ha dado interesantes consejos para incrementar la autonomía del
aparato- respondió el ingeniero.
-Pero, señor Messerschmitt,
¡Hess está loco!
-Señor ministro, ¿cómo quiere usted que yo imagine que el lugarteniente y amigo del Führer está loco?