El Gobierno colombiano y la guerrilla han alcanzado un acuerdo de paz tras casi cuatro años de negociaciones. Se acaba así con cinco décadas de guerra que han dejado 220.000 muertos. Los retos son reconciliar al pueblo y dar espacio en la política a quienes fueron calificados como terroristas. Nos adentramos en los campamentos de las FARC en sus últimos días como grupo armado. Por Jorge Benezra / Fotos: Álvaro Ybarra Zavala / Reportage by Getty Images

En Colombia todo el mundo quiere la paz, pero la paz no es algo que todos interpreten de la misma manera. La realidad de los grandes centros urbanos es una. Cuando se pregunta en las calles, lo recurrente es escuchar «queremos que se acabe la guerra», como sinónimo de ver a los grupos armados salir de la selva abandonando las armas, pero al entrar en las montañas y ver que la mayoría de las comunidades depende de mulas porque casi no hay carreteras para transportar rápidamente insumos básicos o, en el mejor de los casos, de lanchas que atraviesan los ríos, entonces la frase cambia totalmente. En estos lugares, la gente responde: «Queremos paz social».

En un municipio del departamento occidental del Cauca, una maestra de primaria hace su mayor esfuerzo para enseñar a sesenta niños en solo un aula las materias de seis grados distintos. No cuentan con infraestructura y nos explica que muchos no asisten porque muchas veces no tienen transporte para llegar. La asistencia sanitaria prácticamente no existe; los centros de salud rurales carecen de personal constante que los atienda. A pesar de sus riquezas naturales, Colombia es uno de los países con mayor desigualdad del mundo, el tercero después de Haití y Honduras en el continente americano. Según refleja el Banco Mundial en su informe de este año, en Colombia el 10 por ciento de la población más rica del país gana cuatro veces más que el 40 por ciento más pobre.

El Cauca se sitúa en el nudo de la cordillera andina del Macizo Colombiano. Allí nacen las cordilleras central y occidental de Colombia. Es uno de los bastiones históricos de la guerrilla, donde ejerce su poder el Bloque Occidental Alfonso Cano, escenario de grandes enfrentamientos con la fuerza pública. En esta región, los servicios básicos son muy precarios. El comercio, la ganadería y la agricultura son las actividades económicas más importantes. De estas destacan los cultivos de café y maíz, que han sido desplazados por los cultivos ilícitos, ya que los campesinos ven en ellos mayores oportunidades de negocio y no sienten la presencia del Estado para la explotación comercial de estos productos. Mauro, un habitante de la zona, nos dice. «Doce sacos y medio de café valen lo mismo que un kilo de marihuana por estos lados; usted me dirá por qué han sido desplazados».

En el departamento del Cauca, la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga estima que, además de las plantaciones de marihuana en el valle, existen alrededor de 3326 hectáreas de coca y se estima que en estas montañas se encuentran los cultivos más grandes de esta planta en Colombia.

Un conflicto antiguo

Los orígenes de esta guerra interna se remontan a 1948, al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, candidato liberal a la presidencia. Su muerte desencadenó duros enfrentamientos entre liberales y conservadores, que se extendieron por todo el país, lo que se denominó el ‘periodo de la Violencia’, liderado por grupos de autodefensas campesinas con pensamiento liberal que más tarde se convertirían en comunistas. En 1964, los soldados tomaron la población de Marquetalia, un refugio de aquellos revolucionarios que contaba con su propia organización de gobierno. Quienes resistieron el ataque se reorganizaron en guerrillas móviles que dos años más tarde dieron paso al nacimiento del Bloque Sur de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Entre los campesinos que huyeron de la ofensiva se encontraba Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo, quien se convertiría en el jefe máximo de la organización.

Desde entonces, este conflicto armado -el más antiguo de América Latina- ha dejado más de 220.000 muertos y decenas de miles de desaparecidos, desplazados, huérfanos e incontables consecuencias para la vida de los civiles, que siempre han sido los más vulnerables.

No es la primera vez que se busca negociar con la guerrilla. En 1984, durante el Gobierno de Belisario Betancur, por primera vez se tomó la iniciativa de establecer conversaciones con grupos guerrilleros, y partes de las FARC se incorporaron a un partido político, la Unión Patriótica, cuyos miembros fueron perseguidos por escuadrones de grupos armados de derecha y miles fueron asesinados. Luego llegaron César Gaviria y Andrés Pastrana, pero todos sus intentos fracasaron. Álvaro Uribe, durante sus dos mandatos, prefirió marcar distancia e inició una de las ofensivas más férreas -continuada por el actual presidente, Juan Manuel Santos-, que debilitó fuertemente al grupo insurgente. Según los últimos recuentos realizados por el Ejército Nacional, la guerrilla de las FARC contaría en la actualidad con 6700 hombres armados, una cifra mucho menor que la de hace 12 años, cuando alcanzaban los 20.700.

En las montañas de Colombia, en los últimos días de las FARC como grupo armado, se respira optimismo. Aquí, en el emblemático municipio Buenos Aires Cauca, hace pocas semanas Pablo Catatumbo, Marco Calarca y otros negociadores de La Habana han realizado jornadas de pedagogía para la concienciación de los combatientes para la vida civil. Carteles pintados a mano se ven por los caseríos. «Soldados somos del mismo pueblo. No soy tu enemigo FARC-EP».

En el Frente móvil Franco Benavides del Bloque Occidental, la vida continúa con total normalidad. Aquí los guerrilleros mantienen la misma rutina que antes, durante años, como grupo armado, solo que ahora toman clases a diario para prepararse para la política posconflicto. Analizan cada uno de los acuerdos negociados y, sobre todo, piensan en su futuro, en cómo serán sus vidas sin uniforme, sin fusiles y si en realidad el pueblo colombiano olvidará las cicatrices de la guerra y les dará la oportunidad de reinsertarse. No han perdido la desconfianza de dejar las armas porque temen ser traicionados nuevamente.

Teófilo es un guerrillero de mucha experiencia, lleva 28 años en la organización, era un combatiente muy cercano al fallecido Alfonso Cano. Afirma que «los temores se concentran más en el futuro, en qué puede pasar cuando dejen las armas, en el recuerdo de matanzas de centenares de guerrilleros a manos de paramilitares de derecha -dice-. No podemos olvidar que el propio Santos traicionó a nuestro líder, el camarada Cano, que fue un incasable en la búsqueda de una paz dialogada».

Los territorios

La discusión sobre la reincorporación de la guerrilla a la vida civil acaba de empezar y es uno de los puntos que más se debaten y mayor preocupación genera. Muchos de estos hombres y mujeres no tienen otra familia que sus compañeros guerrilleros, no conocen otra forma de vida, ni siquiera han pisado alguna zona urbana de Colombia. Lo cierto es que muchos de los combatientes aspiran a seguir viviendo en los llamados ‘Territorios Especiales para la Construcción de la Paz’; allí quieren seguir trabajando con la comunidad y desarrollando proyectos productivos que les garanticen una solvencia económica para su futuro. «Queremos seguir manteniendo una forma de vida campamentaria, adaptada a lo civil», apunta Paola, una guerrillera.

Andrés tiene 33 años, 17 de los cuales fue guerrillero. Como muchos compañeros, viene de una familia campesina indígena del propio Cauca. Decidió sumarse a la guerrilla para sobrevivir y progresar en la vida. «La guerra no nos ha dado mucha tregua para educarnos, pero todo lo que tengo se lo debo a la organización». Andrés no mantiene contacto con su familia desde hace muchos años y, con la firma del proceso, no tiene intención de regresar.

La pregunta es dónde vivirán. Hasta el momento se sabe que, una vez transcurridos 180 días después de firmar el acuerdo de paz, las FARC dejarán de existir como organización armada y pasarán a ser un partido político. El cronograma está claro. durante esos seis meses, las FARC vivirán en las zonas de ubicación. Pero lo que no está claro es dónde vivirán desde el día 181 después de la firma.
Algunas voces de la sociedad colombiana consideran que deben ser sectores dispersados, que la reintegración sea similar a la de los paramilitares. Alonso -un guerrillero que formó parte del Movimiento M19 en los años ochenta- nos cuenta que, tras la desmovilización y al ver que los resultados no eran los esperados, prefirió enfilarse en las FARC. «La experiencia nos dice que debemos aprender de los errores del pasado y tenemos que seguir unidos por la paz», dice.
Los guerrilleros veteranos sostienen que se abre una nueva era para Colombia. Creen que el movimiento ha evolucionado para la desmovilización hacia la política. Y su propósito es ocupar finalmente cargos de elección popular.

«Es desde el Estado desde donde existe la posibilidad y la garantía de resolver los problemas. La suerte del país no puede seguir siendo la guerra indefinida. Las nuevas generaciones deben tener la oportunidad de vivir en tranquilidad y conocer el desarrollo», dice Roque, comandante del Frente 30.

La organización solo será reconocida como partido político cuando deje las armas. Dispondrán de cinco escaños en el Senado y de otros cinco en la Cámara. Las FARC también han prometido salir del negocio del narcotráfico, su principal fuente de financiación, a cambio de promesas de desarrollo rural.

«Estamos buscando la paz social de la igualdad, pero no nos vamos a desmovilizar», comenta. «Solo estamos adoptando una nueva forma», agrega Pacho Quinto, otro de los comandantes del Frente.
Es un gran reto el que deben afrontar, sobre todo porque en los últimos años la izquierda que había resurgido y gobernado en América Latina ha ido a menos, como en los casos de Venezuela, Brasil o Argentina.

«Habría que estudiar qué pasó en cada país, porque cada proceso es único. Nosotros aspiramos a que el proceso que se desarrolle en Colombia cometa la menor cantidad de errores», señala Roque.

Los que se resisten. Hay dudas -y gran preocupación- sobre los posibles disidentes de las FARC que han anunciado que no dejarán las armas, sin importar lo que hayan decidido los negociadores en La Habana. Esta disidencia está relacionada con las ganancias por el cobro de impuesto en áreas de cultivo de coca, que son millonarias. Gabriel Paví, el gobernador del resguardo indígena Nasa de Toribio, en el Cauca, dice que en su territorio tienen problemas con los cultivos ilícitos. Considera que muchos guerrilleros que han estado en esta zona van a quedar sin alternativa de vida, por lo que pueden terminar en la delincuencia común.

«Estoy convencido de que el pueblo colombiano está cansado de la guerra y existen mil razones para votar a favor del ‘sí’, no podemos seguir viviendo de la muerte», cuenta Héctor Marino Carabalí, líder de las comunidades y organizaciones afrodescendientes, Conafro, y coordinador de la mesa departamental de víctimas del Cauca. Él es optimista y cree necesario lograr la unidad en todos los sectores para que los acuerdos alcanzados sean una realidad en el territorio.
En tantos años de conflicto, todo colombiano ha tenido algún familiar o amigo asesinado o secuestrado. Hay voces que critican que los líderes de las FARC no pasen tiempo en prisión (siempre y cuando confiesen sus delitos en tribunales especiales de verdad y reconciliación). La sociedad está dividida y será a través del plebiscito cuando se selle la desmovilización total del movimiento. De lo contrario, volverían a la mesa a negociar.

El expresidente Álvaro Uribe, líder del partido opositor de derechas, pide el ‘no’ en el plebiscito sobre el acuerdo de paz alcanzado con las FARC porque considera que da «impunidad» a los guerrilleros y que «premia al terrorismo».

Los sondeos de opinión muestran que existe una gran proporción de votantes indecisos ante el referéndum que se celebrará el 2 de octubre y la popularidad del presidente Santos se ha deteriorado, a pesar de lo cual el acuerdo se considera un logro para la historia. Pero las partes implicadas parecen decididas a llegar hasta el final. En el pronunciamiento del cese definitivo al fuego emitido desde La Habana por Rodrigo Londoño, alias Timochenko, aseguró que «las rivalidades y rencores deben quedar en el pasado. Hoy más que nunca lamentamos tanta muerte y dolor por la guerra». Y finalizó. «Se acabó la guerra, convivamos como hermanos y hermanas».

Mantener la rutina

CAUCA, COLOMBIA - JULY 2016: Guerrilla members of the Western Bloc Alfonso Cano in training. For fty-two years, the FARC-EP has fought in the con ict in Colombia as an armed movement. With the peace agreements reached in Havana on August 24, 2016, FARC-EP begins its march towards a political movement. ( Photo by Alvaro Ybarra Zavala / Getty Images Reportage)

A las cinco de la mañana, los guerrilleros se reúnen en el centro del campamento para la primera formación. La llamada se hace a través de un sonido que imita el grito de un mono. Forman unas doce veces al día.

Igualdad de género en ‘el charco’

L1000534

Los guerrilleros aprovechan su aseo diario para lavar también su ropa y sus botas. Hombres y mujeres van ‘al charco’ juntos y en igualdad de condiciones. También se asean juntos.
Aquí nadie se avergüenza de bañarse en ropa interior en público. Si alguien hiciera un comentario ofensivo, sería sancionado. Quedan unos 6700 guerrilleros armados. Fueron más de 20.000.

Amor bajo supervisión

L1001433
Para mantener una relación sentimental, los hombres deben solicitar una autorización al comandante. Sila pareja desea tener relaciones íntimas, también debe informar al superior. Si la relación avanza y lo solicitan, pueden vivir en la misma ‘caleta’.

Fútbol en la maleza

CAUCA, COLOMBIA - JULY 2016: A group of FARC-EP Western Bloc Alfonso Cano guerrilla members play soccer in one of their camps in Cauca. For fty-two years, the FARC-EP has fought in the con ict in Colombia as an armed movement. With the peace agreements reached in Havana on August 24, 2016, it begins its march towards a political movement. ( Photo by Alvaro Ybarra Zavala / Getty Images Reportage)

El fútbol es una de las grandes pasiones de los colombianos y los guerrilleros no escapan de ella. En sus tiempos libres aprovechan para jugar, tanto hombres como mujeres. Ahora, algunos lucen camisetas de la selección de Colombia con la frase. «Yo me la juego por la paz».

Los muros sociales

CAQUETA, COLOMBIA -APRIL 2016: A wall destroyed by war in the community of Santo Domingo del Caguan shows propaganda from FARC - EP. For fty-two years, the FARC-EP has fought in the con ict in Colombia as an armed movement. With the peace agreements reached in Havana on August 24, 2016, it begins its march towards a political movement. ( Photo by Alvaro Ybarra Zavala / Getty Images Reportage)

Colombia es uno de los países con mayor desigualdad del mundo, el tercero después de Haití y Honduras en el continente americano. Esto hace que su sociedad esté profundamente fracturada.