¿Existe su media naranja? ¿Cómo lograr que dure una relación? Todas sus dudas, resumidas en fórmulas matemáticas. Por Carlos Manuel Sánchez         

¿Qué posibilidades tiene cualquiera de encontrar el amor? ¿Cuál es el momento para comprometerse? ¿Cómo sabemos que la relación durará? ¿Es mejor llamar o esperar a que te llamen? Los matemáticos se han lanzado a buscar el algoritmo perfecto para encontrar el amor y, entretanto, han hallado divertidas e interesantes respuestas.

Elegir pareja es una de las decisiones más importantes de nuestras vidas. Buena parte de nuestra felicidad depende de que conquistemos a la persona adecuada (o nos conquiste ella).

¿Las matemáticas nos pueden ayudar a no meter la pata? La investigadora británica Hannah Fry así lo cree: “Las emociones humanas no están tan ordenadas, ni son tan racionales ni predecibles. Pero eso no significa que las matemáticas no tengan nada que ofrecer, porque el amor como la vida está lleno de patrones. Y una parte sustancial de las matemáticas se dedica al estudio de patrones. Modelos que predicen desde el clima hasta las fluctuaciones en la Bolsa, pasando por el movimiento de los planetas o el crecimiento de las ciudades. Y ninguno de estos ejemplos es perfectamente ordenado ni fácilmente predecible”, explica Fry.

“Las emociones no están ordenadas ni son racionales, pero el amor, como las fluctuaciones de la bolsa, está lleno de patrones. hay una serie de reglas matemáticas que obedecemos”

Elegir implica probabilidad. Y la probabilidad es algo con lo que los matemáticos están familiarizados. Cuando alguien coquetea contigo en una fiesta, le da igual que seas tan guapo como George Clooney o Heidi Klum. Está tomando una decisión basada en las opciones disponibles en ese momento. Esas opciones se pueden definir con ecuaciones. Y existe toda una parcela de las matemáticas que se ocupa de ello: la teoría de la elección discreta. Somos (o creemos ser) libres, pero hay una cuantas reglas matemáticas que obedecemos. Y esas reglas son sorprendentemente fáciles de manipular. O como expone el economista Dan Ariely: “Somos irracionalmente predecibles”.

Tan predecibles como que a todos nos atrae la belleza. Y, sin embargo, no es el rasgo más importante que buscaríamos en nuestra pareja. Compromiso, confianza, apoyo incondicional, capacidad de proveer por nuestro bienestar y, eventualmente, el de nuestra familia Todas estas cualidades son decisivas.

“Sin embargo, ¿por qué lo primero que nos atrae son unos labios carnosos o unos bíceps potentes?”, se pregunta Fry. “¿Qué aporta una cara bonita cuando hay que cambiar los pañales del bebé a las cuatro de la mañana, o dentro de cincuenta años, cuando nuestra pareja tenga que reemplazar la bolsa de nuestro catéter? Y, sin embargo, algo tan efímero como la belleza nos obsesiona desde los albores de la civilización”.

En busca del algoritmo perfecto

Que guapos y guapas nos atraigan tiene que ver con la simetría facial y corporal, que garantiza un sistema inmunitario robusto y que no hay mutaciones desagradables en el genoma. Fertilidad sin sobresaltos. Eso lo detectamos casi inconscientemente. Es la psicología evolutiva de la humanidad en su conjunto, impresa en nuestra psique desde las cavernas, la que decide por nosotros.

Pero los tiempos han cambiado desde la Prehistoria, y para los matemáticos un cambio fundamental es Internet. No solo porque una de cada tres parejas ya se conoce on-line, sino por todo el acervo de datos personales que se pueden contabilizar en los sitios de citas. “Estamos cerca, pero no existe aún el algoritmo perfecto que garantice la compatibilidad de dos personas, porque muchas veces no sabemos lo que queremos hasta que lo tenemos delante”, reconoce Fry. “Lo que más me llama la atención de Internet es que lo atractivo que seas no define tu popularidad, y, de hecho, que haya gente que piense que eres feo puede jugar a tu favor. Uno debe explotar lo que realmente lo hace diferente”.

Las matemáticas del amor

Hannah Fry es profesora de Matemáticas en el University College de Londres. Investiga modelos de comportamiento humano con un grupo de físicos, matemáticos, ingenieros informáticos. Publicó The mathematics of love (‘Las matemáticas del amor’), editado por TED, libro que detalla estrategias y patrones matemáticos para encontrar pareja y conservarla. Lea y haga cuentas.

¿Existe mi media naranja?

Es difícil de encontrar. Pero no imposible. La ecuación de Drake tiene la respuesta.

Un joven matemático inglés, el profesor Backus, tras años de total sequía amatoria, decidió buscarle una explicación al porqué de dicha catástrofe. Y alcanzó la fama con su trabajo titulado ¿Por qué no tengo novia? Backus aplica la ecuación de Drake, que sirve para calcular si hay vida extraterrestre en nuestra galaxia. Se trata de trocear un problema complejo en un montón de cuestiones más pequeñas. Puedes equivocarte al responder alguna, pero esos pequeños errores tienden a compensarse unos con otros y, al final, la respuesta se aproximará mucho a la verdad. Backus circunscribe su búsqueda del amor a las mujeres solteras en el Reino Unido. La siguiente condición es que vivan en Londres. Que estén en una franja de edad similar a la suya, que tengan título universitario, que le caigan bien, que sean atractivas (exquisito él, calcula que solo una de cada diez le gustaría) y que, recíprocamente, le encuentren atractivo.

El resultado es un pelín descorazonador para Backus: solo 26 mujeres en el mundo cumplirían esos requisitos. Lo que arroja una posibilidad de encontrar a su media naranja de una entre 285.000. Vamos, que es más probable encontrar vida inteligente en la Vía Láctea, pues la ecuación de Drake señala que 10.000 planetas cumplen las condiciones necesarias. Si Backus fuera menos exigente (por ejemplo, si incluyera en su búsqueda a mujeres sin título, o presuponiendo que encontrará guapas a más del diez por ciento de las candidatas), sus posibilidades aumentarían. Por si sirve de acicate, Backus, a pesar de ser tan tiquismiquis, se echó novia y se casó después de publicar su investigación.

Efecto señuelo

Si esta noche sale a buscar pareja, siga las leyes del ‘marketing’.

Cuando A le tira los tejos a B en una fiesta, lo hace teniendo en cuenta las opciones disponibles en ese momento (C, D, E ) y comparando. Fácil, ¿no? Pues no tanto. Comparar magnitudes se les da bien a los matemáticos, pero no al resto de los mortales. Y, además, la belleza o la simpatía tampoco son fáciles de medir. Y pueden ponerle trampas. Un viejo truco, explotado por el marketing, es el efecto señuelo. Se trata de presentar una alternativa irrelevante para embaucar al comprador y que elija lo que queremos. Imagine un lineal del supermercado.

Recuerde: la mente humana prefiere hacer comparaciones que requieran poco esfuerzo. ¡Aprovéchelo!

El cubo de helado de 1 litro vale 10 euros. La tarrina de medio litro, 4. Los clientes elegirán la tarrina porque es más barata. Pero si añadimos una opción trampa la cosa se lía. Por ejemplo, un cubo de 0,75 litros por 9 Muchos picarán el anzuelo y se llevarán el cubo de 1 litro porque comparado con el de 0,75 es más barato, aunque el de medio litro siga siendo la mejor opción. Recuerde: la mente prefiere hacer comparaciones que requieran poco esfuerzo. En el caso del amor, una idea es ir a la fiesta con alguien parecido a nosotros, pero más feo o aburrido, eso potenciará nuestro atractivo.

Más le vale tomar la iniciativa

Aumenta sus posibilidades de éxito según el algoritmo de Gale-Shapley.

Tenemos más posibilidades de emparejarnos con la persona que nos gusta si nos tiramos a la piscina. Puede que no tenga agua y nos demos un coscorrón en nuestro amor propio. Pero es más inteligente que esperar a que el objeto de nuestros anhelos se fije en nosotros. La razón es el algoritmo de Gale-Shapley, que premia a los lanzados y castiga a los que prefieren verlas venir Este algoritmo se aplica en economía. El Premio Nobel Alvin Roth lo lleva a los mercados imperfectos, donde hay varios candidatos que aspiran a un mismo bien. Roth perfeccionó el método para los procesos de selección de las universidades. En el mercado del amor, las cosas no son muy diferentes. Vamos eligiendo y descartando opciones en sucesivas rondas. Hay dos grupos de personas. Las que eligen, por un lado, y las que aceptan o rechazan esa elección, por el otro. Compradores y vendedores. Así se van formando parejas. Pero con cada ronda van quedando menos opciones. Pues bien, los que eligen (compradores) siempre conseguirán la mejor opción posible. Puede que no sea su primera opción si les dan calabazas Pero será la más asequible entre las mejores. Los que son elegidos (vendedores), o sea, los que esperan, suelen acabar con la menos mala de las peores.

La primera cita

La teoría de juegos analiza cómo optimizar las posibilidades de éxito masculinas.

La teoría de juegos pretende descubrir cuál será nuestro comportamiento teniendo en cuenta la recompensa que esperamos recibir y la conducta de los otros jugadores. Esto da lugar a curiosos experimentos. Por ejemplo, Peter Sozou y Robert Seymour dos matemáticos muy listos, pero algo machistas presuponen que, en la primera cita, el hombre solo busca sexo y las mujeres, compromiso. Y plantean que la mejor táctica masculina para lograr su objetivo no es hacer un regalo caro (como mucho, flores).

Los matemáticos aseguran que es efectivo ostentar para impresionar. Por ejemplo, dejar una buena propina en el restaurante

Es mejor dar una buena propina en el restaurante. Es la misma política de las grandes empresas que poseen oficinas suntuosas. O que los machos de muchas especies de pájaros, dotados de plumajes coloridos. Ostentar para impresionar y dar a entender que se puede ser un buen proveedor, llegado el caso, pero sin adelantar nada. En esta guerra, la contabilidad de las ‘éxitos’ también es diferente según el bando. Cuando las mujeres cuentan las parejas sexuales que han tenido, hacen un recuento pormenorizado, citando incluso a sus amantes por su nombre. Es un método bastante exacto, pero tiende a subestimar el resultado si se les olvida alguien Los hombres, por el contrario, redondean al alza, tienden a inflar las cuentas.

En la cama

¿Es usted un supernodo? Descúbralo aplicando la ley potencial o mirando su agenda de contactos.

Muchas cosas pueden suceder cuando dos personas tienen sexo por primera vez: que empiece una nueva vida o una nueva infección; que lo disfruten o se arrepientan.  Pero matemáticamente solo ocurre una cosa relevante: se crea una conexión en una red imaginaria. Una conexión de doble sentido. Pues ambas personas añadirán el nuevo vínculo al número total de parejas sexuales que hayan tenido. La mayoría de la gente solo tiene unas pocas parejas a lo largo de sus vidas. Pero hay unas pocas personas que tienen muchas.

Cuanto más éxito tiene alguien en sus conquistas, más probabilidades hay de que siga acumulando muescas en la culata

El número total de parejas sexuales de una persona sigue una distribución llamada ‘ley potencial’. Este tipo de distribución crea conexiones que los matemáticos han bautizado como ‘red libre de escala’. En este tipo de redes, algunos nodos están altamente conectados, es decir, poseen un gran número de enlaces a otros nodos, aunque el grado de conexión del resto es bastante bajo. Sucede también en las redes de carreteras, pues la mayoría de las carreteras llegan a unas pocas ciudades muy grandes, mientras que de la mayoría de ciudades pequeñas y pueblos salen pocas. Lo mismo es válido para las rutas marítimas y aéreas, unos pocos puertos y aeropuertos acumulan mucho tráfico, en detrimento de los demás. También las redes neuronales funcionan así. Las personas con muchas parejas serían supernodos. Cuanto más éxito tiene alguien en sus conquistas sexuales, más probabilidades hay de que siga acumulando muescas en la culata. Por eso identificar a los supernodos es tan importante a la hora de frenar una epidemia. Si un supernodo no toma las precauciones apropiadas, es más vulnerable a contraer la enfermedad y, sobre todo, a propagarla.

Los cuernos

Piense en el dilema del prisionero antes de lanzarse.

La infidelidad es una mala estrategia que perjudica tanto a la persona que lleva los cuernos como a la que los pone. Por lo menos, eso dicen los matemáticos que aplican el famoso dilema del prisionero. ¿Lo recuerdan? La Policía arresta a dos sospechosos. Son interrogados por separado y se les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y el otro no, el primero queda en libertad y el cómplice es condenado a diez años. Si ambos confiesan, serán condenados a seis años. Y si ambos lo niegan, solo a un año. ¿Qué hacer? Robert Axelrod estudió una variante que denomina ‘dilema del prisionero iterado’. Aquí se juega repetidamente, por lo que, cuando se repite el juego, se ofrece a cada jugador la oportunidad de castigar al otro jugador por la no cooperación en juegos anteriores. Demostró que las estrategias egoístas son peores a la larga. El riesgo de que se pierda la confianza mutua y que la relación se trunque no compensa las canas al aire. La cooperación funciona, del mismo modo que una escapada de dos ciclistas. Si ninguno hace un esfuerzo para permanecer delante y quitarle el viento al otro, el pelotón los alcanzará. Si uno de los dos solo pretende chupar rueda, el otro acabará cansándose de hacer el primo.

¿Cuándo sentar la cabeza?

Antes de decir el sí, quiero, saque lápiz y aplique la teoría de la parada óptima.

No es recomendable casarse con la primera persona que nos muestre algún interés. Pero tampoco conviene remolonear demasiado. ¿Cómo saber cuándo es el momento de sentar la cabeza? La teoría de la parada óptima es la mejor estrategia. En esencia, es un sutil equilibrio entre la paciencia para encontrar a la persona adecuada y la decisión para echarle el guante antes de que nos la ‘birlen’. Imaginemos que alguien empieza a salir con gente a los 15 años y desea casarse alrededor de los 35. Las matemáticas dicen que lo que se debe hacer con el primer 37 por ciento de nuestros ligues es desecharlos como potencial serio de matrimonio. Y luego elegir a la siguiente persona que llegue que sea mejor que todas las anteriores. Pongamos que el destino nos va a emparejar un número equis de veces a lo largo de nuestra vida. Y que equis es igual a diez. En tal caso, deberíamos rechazar a nuestras cuatro primeras parejas y quedarnos con la siguiente que sea mejor que esas cuatro. El método no es fiable al cien por cien. Nuestro gran amor puede aparecer en el primer 37 por ciento y habría que rechazarlo Pero estadísticamente aumenta hasta ocho veces nuestras posibilidades de acertar. “En la naturaleza existen ciertos peces que siguen esta estrategia a la hora de aparearse. Muchos humanos también lo hacemos. Nos damos un tiempo para tantear el mercado cuando somos jóvenes. Y empezamos a buscar candidatos matrimoniales cuando llegamos a mediados o finales de los veinte años”, resume Fry.

Y comieron perdices

La ecuación de Murray puede predecir qué sucederá en una carrera armamentística y en su matrimonio.

Seis de cada diez matrimonios en España terminan en divorcio. ¿Cómo predecir si una pareja durará o acabará rompiéndose? Un psicólogo, John Gottman, observó a cientos de parejas conversando y grabó las conversaciones, expresiones faciales, ritmo cardiaco, presión arterial, conductividad de la piel, si decían cosas positivas o se quejaban Así pudo pronosticar si una pareja se divorciaría con una precisión del 90 por ciento. Pero no fue hasta asociarse con un matemático, James Murray, cuando se empezaron a entender las causas.

Las parejas más sólidas son las que tienen un umbral muy bajo de negatividad. No pasan por alto las cosas

Las ecuaciones de Murray dependen del estado de ánimo de la persona, sobre todo cuando está con su pareja. Estas ecuaciones se pueden aplicar también a lo que sucede entre dos países en una carrera armamentista y predecir si habrá guerra.El factor más importante es el umbral de negatividad. Siempre se pensó que las relaciones más exitosas eran aquellas con un umbral muy alto; es decir, aquellas que solo discuten los asuntos realmente espinosos y corren un tupido velo con las minucias del día a día. Pero las matemáticas demuestran lo contrario. Las parejas más sólidas son las que tienen un umbral muy bajo de negatividad. No pasan por alto las cosas.  Así no dejan que asuntos triviales terminen siendo grandes problemas. Mejor discutir que callar.